domingo, 3 de mayo de 2015

Esas tardes de primavera... cuando tienes chicos

Llega la primavera y con ella, aunque quizá no el buen tiempo tal y como lo entendemos en España, sí esas tardes ya no tan frías y, sobre todo, soleadas, que hacen que den muchas ganas de sentarse en un banco y disfrutar de esos parques tan estupendos que tenemos en Londres.

Desde que nos incorporamos al cole después de las vacaciones de Semana Santa no hemos fallado ni un día a la cita con el "green". Los que tenemos niños "energéticos" esperamos como agua de mayo tener la oportunidad de que corran, salten, griten, busquen, ideen, y descarguen energía por doquier, ya que eso significa que lo que resta de tarde en casa PUEDE que sea más tranquila.

Digo, PUEDE, porque contrariamente a lo que algunos piensan, ese cansancio, ese desfogue, ese darlo todo en el "green" como si no hubiese mañana, a veces parece que funciona como la dinamo de una bicicleta: cuántas más vueltas dé la rueda más energía conseguirá almacenar.

Si el año pasado el protagonista indiscutible de las tardes al aire libre era el balón, este año parece que las lecciones de Historia están haciendo efecto y mis hijos -Juan, aunque es como poco tres años más pequeño que el resto se une a ellos como uno más- y sus amigos estén como locos jugando a la "Segunda Guerra Mundial". Como os podéis imaginar esto es sólo una excusa para coger palos y correr con ellos a modo de escopetas o pistolas entre dos bandos. Lo mismo podía ser la Segunda Guerra Mundial, que indios o vaqueros o policías o ladrones.

Aquí se juntan dos de las cosas que más peligro tienen cuando entran en contacto: palos y niños energéticos. Sin haber sufrido ningún accidente grave, a Dios gracias, lo cierto es que estos ratos de aparente tranquilidad para nosotras, las madres, se vuelven un estrés continuo. Siempre vigilantes a que el palo -ya hemos desistido en prohibirles que jueguen con ellos... nos conformamos con que no sean muy grandes- no sobrepase los límites de lo "razonable"; de que no corran por terreno muy abrupto y ante la posible caída, se lo claven; de que no se suban a los árboles con ellos... y, sobre todo, de que no se conviertan en armas reales.

Debo reconocer que he ampliado el círculo de madres con las que he cruzado palabra después de que viniesen a decirme que alguno de mis vástagos -casi siempre Juan, ¡estos pequeños!- ha pegado al suyo con un palo y que entre las que tengo más relación la combinación palo-piedra-niño se ha convertido en un tema recurrente de conversación.

Es en esos días, cuando pienso en lo tranquila que estaría yo con un par de niñas repipis, locas por Frozen y decidiendo si quieren pintarse las uñas de azul o rosa chicle cuando me viene a la cabeza este post que leí hace tiempo en el Huffington Post y que parece haberse escrito para mí: "11 cosas que sólo entienden los padres que tienen chicos". Lo clava, oye.

Pero para ser justos también tengo que reconocer que disfruto mucho de esas tardes, cuando el sol me da en la cara y los veo correr tan contentos, tan ajenos a todo lo que no sea el juego, tan amigos de sus amigos y tan viscerales en sus odios... Tan siendo NIÑOS. O como cuando me sorprenden con comentarios como el de Alejandro el otro día cuando ya camino del coche, con la cara roja como un tomate y ese particular olor a sudor en el pelo que sólo reconoces en tus "fierecillas" me dijo: "Mamá, si Hitler no hubiese invadido Polonia no podríamos jugar a la Segunda Guerra Mundial en el "green", ¿verdad?".

domingo, 15 de marzo de 2015

¡Feliz día de la Madre! (En UK)

Lo bueno de vivir a caballo entre dos países es que hay cosas que se celebran dos veces. Por ejemplo, el día de la Madre y del Padre. Hoy se celebra el día de la Madre en UK y al igual que pasa en muchos colegios de España los niños hacen un detalle para sus madres. Reconozco que estas cosas me encantan. Desde que mis pequeños iban a la guardería tengo guardados todos sus detalles como si fueran un tesoro. Imanes para la nevera, fotos en marquitos, collares, ambientadores de fieltro...

Este año ha tocado un trabajo manual de colorines por parte de Juan. Una medusa, o un pulpo, depende del momento en que le preguntes. Da igual. Desde que lo sacó el viernes ya tiene sitio fijo en nuestro dormitorio. Es una gozada ver cómo va progresando en el dominio de la psicomotricidad fina y cómo cada vez va siendo más cuidadoso al hacer las cosas.




Alejandro, que ya es mayor, este año ha hecho un poema. Reconozco que todavía estoy emocionada cuando lo leo. Veo las cosas de las que es capaz mi chico mayor y me doy cuenta de lo rápido que ha crecido y madurado este año. Cómo ha cambiado la letra, cómo se expresa en inglés... Aunque en las fotos podéis ver el original, os dejo una traducción para que todos la podáis disfrutar.



Mi madre

Mi madre es un as. Es mi madre.
Es una fantástica cocinera.
Mi madre es divertida como un payaso.
Mi madre es un as. Es mi madre.
Es blandita como un oso de peluche.
Es dura como un rinoceronte.
Mi madre es realmente la mejor.
Es una limpiadora fantástica.
Es tan buena como un hada.
Mi madre es más lista que 20 genios.
Es muy, muy fuerte.
Adoro a mi madre.
 

Siempre he dicho que el orgullo que siento por las cosas que hacen mis hijos, por pequeñas que sean, no lo he sentido nunca por nadie. Hoy es uno de esos días en que estoy henchida de orgullo, me sale por los poros, por las orejas, por la boca en forma de besos. Hoy es uno de esos días en que me siento más afortunada si cabe de tener los hijos que tengo. ¡Feliz día de la Madre! Aunque no estéis en UK, al compartirlo con vosotros también lo celebráis un poquito, ¿verdad?


jueves, 5 de marzo de 2015

No todos los cumpleaños son iguales (dependiendo del país en que vivas)



Hoy es el cumpleaños de Juan, mi hijo pequeño. ¡Cuatro años ya! Parece que fue ayer cuando me puse de parto en la madrugada, casi deseándolo, después de llegar a la semana 41 y pico… Pero en el blog de hoy no nos ocuparán estos menesteres, que me conozco, que nos juntamos unas cuantas y terminamos hablando de nuestros partos como nuestros padres contaban sus batallitas de la mili.

Lo que hoy me ocupa es la celebración de la fiesta de cumpleaños porque después de vivir ya cuatro “propias” en tierras inglesas y otras cuantas como invitados, hay que constatar que, aunque en esencia son iguales, hay algunas diferencias importantes que nos han llamado mucho la atención y que hay que tener en cuenta para no llevarse sorpresas.

Aunque en España ya se ha hecho habitual lo de dar invitaciones para las fiestas, aquí es casi una religión. No hay fiesta sin invitación, incluso entre los muy allegados. Por supuesto, la invitación debe ser correspondida con una respuesta, bien confirmando, o bien excusando la presencia del niño en cuestión.

Otro aspecto de aquí que me llama mucho la atención es que las fiestas son mucho más pronto que en España, cosa lógica por otro lado, ya que los horarios son diferentes y todo se adelanta un par de horas, y tienen una duración determinada. El estándar suele ser de 14:00 a 16:00 o de 15:00 a 17:00. También pueden ser por la mañana, en plan almuerzo, de 12:00 a 14:00, pero lo que está claro es que a las dos horas todo el mundo comienza a desfilar y la fiesta se da por terminada. Nada de horas de parloteo y niños jugando por doquier hasta las ocho o las nueve de la noche.


Ya en la celebración, y esto sí que me resultó raro, raro, es que los regalos no se abren al final de la fiesta. Al llegar, cada padre entregará el regalo a los padres del niño “celebrante”, con una tarjeta de felicitación –aquí son imprescindibles para todo- con el nombre del niño que regala, y los paquetes se abren en casa, en soledad, y sin poder agradecer en persona el detalle. Por supuesto nada de ¡¡qué lo abra, qué lo abra!!, ni de abrazos entre amigos después de haber destrozado el envoltorio. Eso sí, después toca repartir otra tarjeta agradeciendo el detalle y diciendo lo mucho que “me ha gustado tu Lego”. Lo bueno de esto, es que los niños están tan emocionados que practican caligrafía con gusto.

Otra cosa, aquí tampoco se estila nada el ticket regalo y si, de repente, te encuentras con tres puzzles iguales, o una camiseta que va un poco justa… ¡Ah, se siente! Por  mi parte, me he propuesto imponerlo entre mis amistades y yo lo entrego religiosamente. Eso sí, tengo que explicar por qué, porque los padres me miran con una cara de asombro… 

El tipo de regalo también cambia un poco, aunque eso depende de la fiesta. Me explico, algunos prefieren un detallito en plan libreta con boli de animalitos o librito para leer. Otros apuestan por un regalo más regalo, al modo de lo que hacemos en España. Eso sí, la norma no escrita, por lo menos en mi entorno, es no sobrepasar las 10 libras. Diez libras, por cierto, que pueden ser perfectamente metidas en una ¿adivináis? síííí, tarjeta de felicitación, y ya queda solventado el regalo: que el niño se compre lo que quiera. Al más puro estilo abuela.

Aquí y allí la tarta es la estrella del cumpleaños, eso no cambia, sin embargo, también en esto hay algunas diferencias. La tarta es de suma importancia en la cultura anglosajona y se deja, como en España, para el final. Tan para el final, que muchas veces no da tiempo a comerla… por eso es habitual que te la envuelvan en una servilleta y la metan en la bolsita de chuches –birthday bag- que se da a los invitados como detalle.

Antes de cortarla se canta, por supuesto, el “Cumpleaños Feliz” –Happy Birthday- pero sólo y exclusivamente. Aquí no hay más canciones cumpleañeras tipo “Feliz en tu día”, “Es un muchacho excelente” y, esto es de agradecer, “Que no cumple uno, que no cumple dos…”.


Como os decía al principio, la esencia se mantiene, pero hay cosas a tener muy, muy en cuenta. Ahora me río cuando organizando nuestro primer cumple los padres me preguntaban “¿a qué hora acaba la fiesta?” o mi apuro porque todos empezaron a desfilar antes de abrir los regalos. Pero quizá lo más gracioso fue mi insistencia en dar a un niño que se fue el primero la tarta en un plato de loza –“ya me lo devolverás mañana en el cole”, le decía yo a la madre…- mientras todas me decían, “déjalo mujer, con una servilleta basta”. Igual pensaban que iba de sobrada regalando vajilla...

lunes, 26 de mayo de 2014

Con ojos de niño

No hay nada tan cruel como ver sufrir a los más pequeños. No soy nada tremendista, pero cuando mis niños han estado enfermos -pocas veces, la verdad- o se han dado un buen golpe, he sufrido mucho con ellos. Recuerdo las dos veces que a Alejandro han tenido que coserle y, sobre todo con la segunda, os aseguro que se me abrieron las carnes. Juan no nos ha dado ningún susto con médico mediante, a si que seguiremos tocando madera...

Desgraciadamente este último año mis dos hijos han visto muy de cerca la enfermedad grave en compañeros de su clase, aunque ellos no han sido muy conscientes de ello. El año pasado, un compañero de Juan era diagnosticado de un tumor grave y dejó de ir a la guardería. Podéis imaginar lo que sentí cuando me dieron la noticia y, desde ese momento, no podía dejar de pensar en su madre. A partir de esa mala nueva hablábamos por teléfono, me contaba novedades y yo procuraba animarla. 

Cuando el niño estaba bien para salir del hospital se acercaba con él al parque, para que pudiese ver a sus amiguitos. Un día asistí por casualidad a uno de esos encuentros y me emocioné muchísimo al ver cómo todos los niños de la clase, algunos con dos años recién cumplidos, se acercaban a darle besos, a abrazarle, a decirle cosas... Sabían que estaba "malito de la tripita" y que por eso no iba al cole, pero no se olvidaban de él. La suerte no estuvo de su lado y en noviembre dijo adiós para siempre. Juan nunca ha sabido que su amigo ya no volverá a ir al cole en España pero cuando ve la foto de su guarde le sigue llamando como si siempre fuese a estar ahí. Yo sigo teniendo contacto con la madre que, poco a poco, va asumiendo la realidad, aunque quizá algo así no se supere nunca.

Ahora, en el cole inglés de Alejandro, estamos viviendo el caso de una niña que, con motivo de una enfermedad genética, tiene tendencia a desarrollar tumores. Antes de Semana Santa se le detectaron dos en el cerebro y está necesitando quimioterapia para controlarlos. Los tumores y la medicación han provocado que la parte derecha de su cuerpo esté parcialmente paralizada por lo que no puede andar ni escribir bien. También le ha afectado un poco al habla.

Desde el primer momento, la tutora explicó a los niños que Millie estaba malita y necesitaba tiempo para descansar en casa. Que tendría que pasar algunos días en el hospital y que cuando se sintiese bien acudiría a visitarles o a clase, como así está siendo. Además, todos los niños saben que es muy importante avisar al cole si tienen diarrea, varicela, sarampión o un herpes zóster ya que las defensas de Millie ahora están muy bajas y estas enfermedades podrían complicar mucho su salud. También los padres recibimos una carta informativa sobre su estado.

Estos últimos días Millie ha ido a clase con normalidad. Como dice Alejandro "hoy Millie se sentía bien y ha podido venir. Eso sí, no sale al patio, elige a una amiga y juegan en clase...". Hace unos días me comentó que "nunca sabemos si Millie vendrá o no porque ella, hasta que no se levanta, no sabe si se siente bien para venir a clase". Sin embargo, nunca me ha dicho que ahora cojea, anda más despacio o tiene la cara un poquito diferente. Me sigue pasmando la normalidad con que asumen los niños las cosas. Todos la tratan como antes de Semana Santa, le hacen las mismas bromas, los niños que jugaban con ella lo siguen haciendo y los que no eran tan afines, ahora no lo son más. 

Creo que siempre deberíamos seguir viendo algunas cosas con ojos de niño. Como cuando Juan y sus compañeros volvieron a ver a su amigo tras varios días de ausencia en la guarde, sin haberle olvidado. O como cuando Alejandro y sus compañeros ven a la Millie de siempre en el colegio. 

miércoles, 23 de abril de 2014

¿Jugamos al balón?

Sábado tarde de final del invierno. Hora de la siesta. Día frío pero soleado. Yo, delante del ordenador, veo como Alejandro ya lleva consumida más de una hora de Ipad. Como Juan está dormido, le queda un rato de siesta y, como todavía anochecerá temprano, propongo a mi santo que lleve al niño a jugar con el balón al parque. Al principio, Alejandro se hace el remolón... la idea de seguir viendo más pelis en el Ipad tira mucho... pero luego dice "vale, bajamos a jugar, pero quiero ir con mamá". En ese momento maldigo mi maravillosa idea porque si algo que me apetecía más que jugar al fútbol era sacarme un ojo.

Yo no es que se sea muy de jugar con los niños. Básicamente preferiría leer un libro mientras que ellos se desfogan en el parque. Pero me han salido participativos y, normalmente, me incluyen en sus juegos. La tarde referida, no tuve más remedio que bajar, la idea había sido mía al fin y al cabo, y a regañadientes cogí el balón y enfilamos para el parque. La verdad es que lo pasamos genial. Primero yo hacía de portera y pateaba él. Después cambiábamos. Luego había que marcar de jugada, uno atacaba y el otro defendía... y así mucho, mucho rato. Subiendo a casa me recordé a mi misma un par de horas antes y dí gracias por haber podido compartir ese rato con mi niño mayor.

Además de pasarlo de lo lindo, recordé mis tiempos de fútbol y comprobé que tampoco había perdido tanto toque -cosa que no es muy difícil ya que nunca salí de la condición de "mediocre"-. A esas tardes, han ido siguiendo otros ratos, sobre todo en estas vacaciones de Semana Santa, donde las mañanas pasaban entre chutes, saques de esquina y paradones. Al principio tenía que dividirme entre la recién estrenada pasión futbolera de Alejandro y la pasión por tirar palos al río de Juan... Después, Juan se unió a nuestros juegos y poco a poco iba aprendiendo a darle al balón en otra dirección que no fuese "para adelante".

La verdad es que espero que cuando sean mayores recuerden estos ratos de juegos y no tanto mis ataques de orden, enfados y discusiones con ellos. Yo, por mi parte, prometo hacer lo mismo... Y si algún día alguno destaca con el balón, quién sabe, ¡igual hasta cuentan en las entrevistas que aprendieron a darla jugando con su madre!



viernes, 28 de marzo de 2014

Amor a primera vista con los "Di Paola"

Cómo la historia de Romeo y Julieta... así fue nuestra relación con los Di Paola. Incluso con balcón de por medio. Carolina, Paolo y sus hijas viven en el bajo de nuestro edificio y su balcón está justo al lado del portal. Cuando nos mudamos aquí, el pasado mes de agosto, el tiempo era excepcionalmente bueno en Londres por lo que solíamos ver a la pequeña Clarissa, Francesca todavía no había nacido, jugando en su mantita en la terraza. Como es natural, Alejandro y Juan se paraban a mirarla y comentaban cosas sobre ella cada vez que pasábamos.

Después de un par de días, detrás de Clarissa apareció Carolina, su madre, que nos preguntó si éramos los nuevos vecinos y si llevábamos mucho tiempo viviendo en Londres. Cuando le conté que nos habíamos mudado hacía quince días desde España -y vio cómo se me humedecían los ojos- no lo dudó y me invitó a tomar un café "whenever you want". Desde el balcón me contó que ella era brasileña, que estaba embarazada, que llevaban seis años viviendo allí y que su marido, Paolo, era informático. "¡Cómo el mío!". Contesté. "Ah, pues seguro que se llevan bien".

Yo, como es natural, le tomé la palabra y me planté un par de días después en su casa para ese café. Hablamos, nos entendimos en inglés -el suyo es perfecto- y cuando salí de allí me fui con la sensación de que podríamos ser amigas. No me equivocaba. Después vinieron un par de invitaciones a merendar por su parte y la nuestra, la presentación de Paolo, la constatación de que Clarissa adora a mis "boys", como dice Carol, "y es mucho más feliz desde que os habéis mudado"... y poco a poco fuimos forjando una historia de amistad que, tengo que reconocer, me salvó la vida.

Ahora es normal que "whasappeemos", que nos tomemos un café en alguna de las casas, que vayamos juntas a un "playgroup", que me deje a sus niñas si lo necesita, que yo le deje a los míos también... En suma, esa relación de cercanía que tanto se agradece cuando estás lejos de los tuyos. Hace poco más de un mes nos invitaron al bautizo de su segunda hija, Francesca, y aquello fue una de las mayores alegrías que he recibido en este país. Hacernos partícipes de algo tan importante para ellos me emocionó. Por eso tenía que dedicarles una entrada en este blog... ¡Gracias Carol, Paolo, Clarissa y Francesca!

PD.- Mi objetivo ahora es hacer las entradas también en inglés... para que ellos, y otros amigos que hemos ido haciendo aquí, también puedan ser partícipes de ellas.

miércoles, 19 de marzo de 2014

¡Felicidades papá!

19 de marzo, día del padre en España. Sin duda un gran día en el que tantos y tantos niños expresan el cariño que le tienen a sus padres. No quiero generalizar, pero nuestra sociedad nos ha impuesto un modelo en el que el padre tiende a estar "más ausente" que la madre. Normalmente, el padre suele trabajar más horas por lo que cuando llega a casa casi que sólo le da tiempo a bañar a los niños, con suerte, y cenar con ellos. Un cuento rápido y a la cama. Eso sí, los fines de semana, son enteros para ellos.

Algo así es lo que yo recuerdo de mi padre cuando era pequeña. Que nos despertaba todas las mañanas silbando el "Quinto levanta" y nos daba un beso rápido antes de salir pitando para la oficina. Que llegaba a comer justo cuando nosotros nos íbamos al cole y después, ya de noche, para darnos un beso antes de ir a dormir, siempre después de haberle dicho aquello de "hasta mañana si Dios quiere, que descanses y pases buenas noches".

Es increíble cómo se quedan algunas frases grabadas en la memoria... También tengo pegadas con super glue esas mañanas de fin de semana cuando nos íbamos a su cama -mi madre siempre se había levantado ya- y jugábamos a las "ciudades" o a "veo, veo". Algunas veces, si no era muy tarde, hacíamos ese ritual durante la noche, antes de irnos a dormir.

Y luego, cuando hacía buen tiempo, la de sábados que hemos pasado en el campo, jugando al balón, encendiendo una hoguera para hacer panceta y chuletas, buscando espárragos, jugando al escondite por las tardes antes de coger el coche, casi de noche, e irnos para casa... Y cuando llegaba el verano esos días tenían como escenario la piscina. Siempre alguna en la que no hubiese mucha gente, para poder tirarnos de cabeza -fue mi padre quién me enseñó-, bucear, hacernos aguadillas...

Ahora que ya soy madre también puedo decir que mi padre siempre ha seguido estando a mi lado. Lo estuvo cuando preparé mi boda, acompañándome en las gestiones, ayudándome con las invitaciones, viniendo a las pruebas de mi vestido... Llorando como un niño el día de la ceremonia... Y también cuando nacieron mis hijos. Fuiste tú, papá, quien se empeñaba en llevarme al hospital en las monitorizaciones de Juan o el que me impone paciencia cuando se me acababa la mía con los niños.

Hace unos meses, cuando decidimos cambiar de aires, fuiste tú, junto con mamá, quien primero me dio ánimos para afrontar el cambio desde el optimismo y quien cada día, pese a lo que sé que te cuesta estar lejos de nosotros, me recuerdas que tomamos la decisión correcta. Por todo eso no podía dejar pasar este día sin hacerte este pequeño homenaje. Gracias papá. Feliz día papá.




sábado, 22 de febrero de 2014

Panda Raid... porque esos niños también se merecen una oportunidad

Desde que nació mi hijo mayor, Alejandro, digamos que se me ha desarrollado una sensibilidad hacia los niños que no tenía antes. Sobre todo ante el sufrimiento de los niños. No soy la única. Son muchas las amigas y conocidas que me cuentan que a ellas, con la maternidad, les ha pasado lo mismo, que no pueden ver sufrir a un niño y que se sienten impotentes ante tantas situaciones de injusticia que por desgracia sufren los más pequeños en demasiados puntos de este planeta. Guerras, falta de medios, pobreza extrema, entornos sociales nocivos... son muchas y variadas las causas que hacen que muchos niños en el mundo no vean respetados sus derechos y necesidades más básicas y se sientan indefensos.

Por eso, cuando entre tantas noticias malas, surge alguna iniciativa que pone por delante a los enanos, el corazón deja de encogerse y una vuelve a tener fe en la condición humana. A veces se nos olvida que pequeños detalles pueden hacer mucho y que podemos llegar mucho más lejos de lo que nunca habríamos osado imaginar. Y algo así debieron pensar dos vecinos de Alcorcón, Juan y Jan, enamorados de los coches y de los rallies y con una gran conciencia solidaria lo que les animó a participar en el "Panda Raid" -carrera al estilo Paris-Dakar pero en la que los coches participantes son los míticos Seat Panda- haciendo realidad un sueño. También con la idea de que su paso por el desierto sea algo más que una aventura gratificante para ellos. El día 8 de marzo saldrán desde la Plaza de Oriente en la que será su primera edición en este rallie.

El Panda Raid, además de carrera, hace llegar material escolar a algunas escuelas de la zona a través de los coches de sus participantes. Como Juan y Jan afirman, sólo aspiran a que esos niños, que viven en condiciones bastante extremas, "puedan aspirar a un futuro mejor gracias a sus increíbles ganas de aprender y a nuestro pequeño empujón". Por eso, en su coche, llevarán 20 kg de material escolar. Vale casi todo: mochilas, cuadernos, material didáctico, lápices, estuches... También material informático. Seguro que si miráis en algún cajón encontráis algo que podáis donar. Eso sí, libros mejor no, debido a la incompatibilidad del idioma. ¿Y dónde llevarlo? Pues en el CEIP Federico García Lorca de Alcorcón han habilitado un espacio para recoger donaciones. También os podéis poner en contacto directamente con Jan en el correo janwolanski@hotmail.com o en el teléfono 659 09 28 15.

Sin duda, estos pequeños gestos pueden hacer mucho más de lo que podríamos imaginar. Por ejemplo, en la edición del año pasado este material llegó a casi 4.500 niños. Esta noche, cuando veáis a vuestros pequeños dormidos en la cama, tan cómodos, tan calentitos y tan felices, acordaos también de esos que tienen muy poco. Y poned una sonrisa en el rostro sabiendo que hay iniciativas como el Panda Raid. ¡Gracias amigos! Recordad que saldrán el próximo día 8 de marzo de la Plaza de Oriente... a si que ¡¡todavía estáis a tiempo!!




viernes, 7 de febrero de 2014

Los "playgroup" salvadores

Han sido un descubrimiento maravilloso. Me refiero a los "playgroup" o sesiones de juego dirigido para niños donde, además de que los enanos se desfoguen un rato, se puede interactuar con otros padres y, en mi caso, mejorar el inglés. Al principio los descubrí por casualidad. Vi un cartel en la biblioteca del barrio y me animé a ir con Juan cuando Alejandro empezó el cole. La verdad es que al principio la experiencia descorazona un poco... Recién llegada, no entendía las canciones, no conocía a nadie... Pero seguí yendo. Más bien por tener un poco ocupado el tiempo e intentar que Juan, que todavía no tenía guarde -o "nursery" como lo llaman aquí-, se socializase y tomase contacto con el inglés.

Al poco tiempo descubrí otro playgroup que me gustó mucho más. Mi vecina Katie me invitó a ir al que iba ella con su hija y, desde entonces, no nos perdemos ni uno sólo los viernes. La gente es muy, muy acogedora. Las sesiones están muy bien preparadas con media hora de canciones y juegos y después hay un rato para charlar con un café y un bollito. Al de los viernes, hace poco que se ha sumado otro los martes, más modesto, pero también gratificante y socializador. En este me introdujo mi buena amiga Carol -qué gran descubrimiento aquí... algún día os hablaré de ella y su amistad, porque ha sido de las mejores cosas en Londres- ya que una amiga suya, Simone, acude allí como voluntaria.

La verdad es que estas dos sesiones le ponen un poco de sal a mi vida londinense. Dos días con rutina concreta en la que, además, Juan se lo pasará bien y jugará con otros niños. Desde luego no había visto nada parecido en España y la idea me parece buenísima... aunque no sé si cuajaría allí. Aquí los playgroup o drop-in son muy populares y creo que en gran medida es por el carácter inglés. Los ingleses son amables, sí, pero mucho más distantes a la hora de establecer relaciones "espontáneas" que nosotros. Aquí es muy difícil hacer amigos con los padres del cole o de la guarde.

Desde que nació Alejandro he incrementado mi grupo de amistades con muchas familias con las que tenía relación en la guarde o en el cole. Eso de verte casi todos los días a la salida y de comentar cualquier cosa sobre los niños, une. Además, si tus hijos y los del padre X son amigos, pues ya haces por coincidir con ellos en el parque... y de ahí a quedar un sábado o un día de vacaciones sólo hay un paso.

Aquí las cosas funcionan de otro modo. Digamos que la relación se queda en la puerta del colegio. Aunque charles y tengas a dos o tres madres de referencia, es complicado que nadie dé un paso más allá. Como me decía mi compañera de tamdem, Francesca, los ingleses necesitan de una "cita formal" para quedar y los playgroup vienen a sustituir esas relaciones informales surgidas a golpe de coincidencia. El secreto de su "éxito", además, también tiene que ver con el precio de las guarderías aquí, ya que son increíblemente caras. Por este motivo muchas madres dejan de trabajar hasta que los niños tienen cinco años, edad en la que empiezan el cole. Y en un país dónde el tiempo no acompaña mucho... ¡alguna vía de escape hay que tener para no estar todo el día en casa con los niños!

Sea como fuere, lo cierto es que a mi estas sesiones me dan mucha vidilla. Y a Juan también, que está encantado con los juegos, las canciones... y los dulces de después.

viernes, 31 de enero de 2014

Ahora, te lo perdono todo

Anoche, mientras los dos estaban en la bañera y desde el salón podía escuchar a Juan, muerto de la risa, intentando contar un chiste a su hermano... Con su voz de pito diciendo "era una señora que llevaba un plátano en la oreja y le dice a un señor que llevaba un plátano en la oreja... ¡¡No Alejandro, no era así!! ¡¡Porfa, dime como era!!". Imposible contener la risa, como imposible no pensar, "Juan, con el día que me has dado, pero ahora, sólo con eso, te lo perdono todo".

Un poco más tarde, ya con los dos dormidos, justo antes de hacer la visita de rigor por su habitación antes de irme yo a dormir, volví a pensar lo mismo. Allí estaba él, tumbado boca arriba, abrazando a Niko con una mano y su coche de policía con la otra, y con una cara de no haber roto un plato en su vida... Con esas manitas que no deberían cambiar nunca, tan calentitas, tan suaves, tan carnosas, que no te cansas de besarlas. Y yo pensando: "Ahora, puedo perdonarte cualquier cosa".

Leí en algún sitio que los bebés humanos son tan adorables, tan achuchables y despiertan esa ternura de manera tan inmediata como mecanismo de defensa. Los humanos somos los mamíferos más vulnerables al nacer y necesitamos de cuidados hasta muy avanzada edad, en comparación con otros animales. Independientemente del amor y el cariño, es esa característica de hacernos adorables lo que nos salva de los agentes externos. Lo que "obliga" a los adultos a cuidarnos durante tanto tiempo.

Yo creo que esa habilidad perdura de por vida en momentos como los antes descritos y que a veces son la única razón por la que no regalamos a nuestros hijos, con lazo y todo, al primero que pasa. ¿Creéis que exagero? Los que sois padres pensadlo. Los que no, seguid leyendo.

Ahora estamos viviendo la época de la contradicción continua, esa en la que, hagas lo que hagas, te va a pillar el toro, o lo que es lo mismo, que tu hijo se enfadará y gritará y llorará hasta la extenuación importándole lo más mínimo el momento, el lugar o lo bajo que esté tu nivel de paciencia. Para muestra un botón. Vamos a salir a recoger a Alejandro y justo en la puerta: "Mamá, no quiero llevar a Niko". "Vale, déjalo en casa". "Siiiiiiii, si quiero llevarlo"... y así hasta que queráis. Si lo llevamos, malo; si no, peor. Lloros, patadas y retorcimientos en la silla del coche que ríete tú de la niña de "El Exorcista". He llegado a tirar el muñeco al jardín de pura impotencia... teniéndome que meter luego en un zarzal para recuperarlo.

Y de estos tenemos unos cuantos episodios todos los días, porque da igual si le preguntas primero, si le dejas elegir, si le das opción, si lo pactas antes... si hemos decidido que toca rabieta, toca y punto. Menos mal que después de todo llegan esos momentos tan amorosos, en los que me lo comería a besos y a abrazos y en los que deseo, aunque sea por un momento, que se quede siempre así, a mi vera, para poder achucharlo un poco más...

martes, 14 de enero de 2014

Tesoros en los bolsillos

He de reconocer que desde que tengo hijos el hecho de poner la lavadora se ha convertido en una tarea en la que poner especial cuidado. Ya no vale meter la ropa en la máquina y punto. Ahora hay que revisar bien la manchas, darles con el producto de marras para que salgan -y no siempre-; desenfundar calzoncillos de pantalones, que parecen abrazados en una muestra de amor eterno; buscar calcetines que nunca encontrarán pareja y, sobre todo, mirar bien en los bolsillos.

Sí, llevo descubriendo desde hace tiempo que los bolsillos se han convertido en el cofre de los tesoros de mis niños y reconozco que me causa una ternura enorme encontrar ciertas cosas. El curso pasado, por ejemplo, era muy bonito encontrar trocitos de papel con dibujos de mil colores. Algunos personalizados para él; otros seguro que encontrados en el suelo... Ya sabéis, esas notas con letra de estar aprendiendo a escribir, llenas de faltas, pero que demuestran el apego y afecto que se tienen los niños ya desde edades muy tempranas. Algunas todavía las guardo.

Sin embargo, esto no es lo que me suelo encontrar. La mayoría de las veces los bolsillos venían plagados de tierra, de esa que es imposible de quitar del todo, que como se te olvidase revisar un día terminaba convirtiéndose en barro después del lavado de rigor. Si algo bueno ha tenido nuestro traslado es que aquí los patios de los coles no tienen tierra (vivimos en un país dónde la humedad nunca baja del 60%) y prefieren cubrirlos con cortezas... mucho más limpias, dónde va a parar. Además de la tierra, yo solía encontrarme pajitas de batidos, unas dentro de otras, que eran espadas según mi hijo mayor y a mi me parecían más "armas carcelarias" de esas que salen en las pelis.

Ahora, hemos cambiado la tierra por las cortezas y los bolsillos también llegan llenos de castañas, gracias a la cantidad de árboles que rodean todo por estos lares; de pegatinas, ya que es costumbre premiar con ellas a los niños por sus buenas acciones; de lacasitos; de bolitas enormes de "blue tack", que para Alejandro ha sido todo un descubrimiento y sospecho que lo roba en el cole en los descuidos; de post it; de clips; de bolitas de papel... y de horquillas y gomas para el pelo que ninguno tiene reparo en coger de cualquier lado para regalarme después, con la esperanza de que me las ponga algún día.

Auténticos tesoros, como veis, que debo procurar esconder en el cubo de la basura ya que si a la hora de tirar la cáscara del plátano de la merienda alguno los descubriera sería un verdadero drama. Para ellos, por ver su "preciado" objeto en la basura. Y para mí, por no aguantar el cabreo de esa tarde...

jueves, 9 de enero de 2014

Casi un año después... cómo ha cambiado todo

Hacía mucho tiempo que tenía pendiente volver a actualizar este blog. Hace casi un año que no "renuevo" experiencias y, aunque parece un mundo, lo cierto es que el tiempo ha pasado muy deprisa. Y durante este año han pasado muchas cosas. Mis hijos, Juan y Alejandro, siguen creciendo y haciendo de las suyas. Yo, sigo escribiendo, cada vez menos, y amoldándome a una nueva vida que, si bien no es complicada, sí es muy diferente a lo que había imaginado.

Todos, o casi todos, sabéis que ya no vivimos en España. La vida y las circunstancias nos "animaron" a hacer las maletas y ahora residimos en UK. En Londres, para más señas. Todo el proceso de cambio hizo una enorme mella en mi, que necesitando planear siempre los aspectos más fundamentales de mi vida, éste, transcendental, salió casi por casualidad. De repente estaba alquilando mi casa en Alcorcón, buscando casa y colegio para mis niños y con el corazón encogido porque no quería añadir el sufrimiento de un cambio tan grande a sus pequeñas vidas.

Casi cinco meses después tengo que decir que ellos, Alejandro y Juan, han sido la clave de mi adaptación aquí y me han demostrado que son unos verdaderos campeones. Nunca, ni siquiera cuando les informamos del cambio, se quejaron. Es cierto que Juan era muy pequeño y, para él, la felicidad reside dónde estén sus padres y su hermano. Alejandro, por el contrario, ya tenía una vida hecha en España. Ya tenía un "proyecto" a medio plazo, que era empezar Primaria y unas clases de esgrima. Y ya tenía una red de amigos sólida.

De repente, todo eso cambió, se vino abajo de alguna forma y nunca dijo "no", ni nunca se mostró rebelde ante la idea de una nueva vida. Eso ya fue de gran ayuda. Mis hijos son absolutamente extrovertidos y otro de mis miedos era que se volcasen demasiado en sí mismos, sobre al todo al principio, por motivo del idioma. También ahí me demostraron que mis temores eran infundados. Es cierto que los primeros días preferían jugar solos en el parque, o playground, como se llama aquí, pero poco a poco han ido estableciendo una pequeña red de amigos.

Y así ha ido pasando el tiempo. Un tiempo en el que he descubierto que son, más que nunca, el motor que hace que me levante cada mañana. Un tiempo en el que disfruto mucho más de su compañía, ahora más intensa porque pasamos más tiempo en casa, aunque a veces me saturen. Un tiempo en el que aprendo de su poder de adaptación casi en cada minuto y dónde veo lo valientes que son ante cualquier circunstancia que se les ponga por delante.

Por eso, por ellos, voy a hacerme el firme propósito de retomar este blog para, a través de él, contaros lo bien que lo están haciendo y lo valientes que están siendo. Se lo merecen.

jueves, 7 de marzo de 2013

Se nos acaba el bebé

Juan, el pequeño de mis vástagos, acaba de cumplir dos años. Dos años en los que he visto cómo pasa de veloz el tiempo y durante los que me habría gustado guardar en un cofre, como un tesoro, algunos momentos inolvidables. Una, que es adicta a esto de las redes sociales, publicó en su Facebook el martes el feliz acontecimiento familiar y una de mis amigas, además de reconocer lo guapo y grande que está, me dijo a las claras que "se nos acabó el bebé". Qué gran verdad. Quizá por eso, quizá por la convicción casi absoluta de que no voy a aportar más "cotizantes" a nuestra sociedad, reconozco que apuro hasta los últimos resquicios todos aquellos signos que todavía mantienen a mi niño en la barrera entre el niño y el bebé.

Y sí, le sigo llamando "bebé" cuando le despierto y le sigo cogiendo como cuando lo amamantaba. Le sigo dando esos besos tiernos que no es que le niegue al mayor, ojo, pero que sólo se dan a los niños cuando son muy pequeños. Le sigo poniendo el chupete para dormir y sigo dándole el placer de darle un biberón a media noche, aunque sé que es más por costumbre malsana que por hambre. Le sigo acariciando la cabeza como cuando era un recién nacido y le sigo dando de comer a veces, aunque ya sabe hacerlo solito. Dejo que se me abrace como un koala cuando sale de la bañera y me quedo más rato del necesario abrazándole envuelto en la toalla... recordando el aspecto que tenía cuando le vi la carita por primera vez.

Juan, por el contrario, ya empieza a zafarse y prefiere correr, a mis abrazos. Ya nos habla bastante bien y me mira con esa cara de pillo cada vez que sabe que ha hecho algo que no está bien. Se adelanta a mis posibles enfados diciendo "mamá, mamó" porque sabe perfectamente que cuando han sobrepasado el límite y empiezan los dos a decirme "pero mamá..." yo les contesto, "ni mamá, ni mamó"; y así me arranca una sonrisa con casi toda seguridad, aunque a veces tenga que esconderla. Imita a su hermano a la perfección y le tiene como referente en todo: habla como él, se mueve como él, grita como él y le seguiría hasta el infierno si hiciese falta. Vamos, lo que haría cualquier niño que ya quiere campar solo y descubrir lo que el mundo tiene que ofrecerle. 

Y yo, aunque a veces me resista a ello, reconozco que disfruto una barbaridad viendo todos sus progresos, sus filias, sus fobias, cómo se expresa y cómo demuestra sus afectos e inquietudes. Ciertamente es una pena verles crecer tan rápido, pero también es una gozada poder vivir toda esta evolución en directo. Aunque se nos hagan mayores, aunque nos hagan mayores. 

lunes, 25 de febrero de 2013

El whatsapp de la Esperanza

Hay quien piensa que las nuevas tecnologías separan a las personas. Quizá estén en lo cierto. Todos nos hemos visto en la situación en que ha sido más fácil decir algo a través de un chat que de viva voz, ¿o no? Sin embargo, tengo que comentar en este foro que para mi la llegada del whatsapp ha sido una especie de liberación. 

Creo que ya he comentado aquí alguna vez que desde que tuve a mis vástagos lo de llamar por teléfono y conversar largo y tendido se ha convertido casi en una misión imposible. Cuando no estoy con ellos no es momento de hablar con amistades, y cuando podría hablar con mis "niñas" -léase amigas en general- es imposible hacerlo más de dos minutos seguidos porque, o estoy corriendo detrás de uno, o prestando atención al otro. Cuando ya están cenados, bañados y dormidos, me da tanta pereza coger el teléfono que al final soy consciente de que tengo allegados con los llevo varias semanas sin hablar.

Hasta que llegó el whatsapp y, con él, los grupos de personas. Gracias a la aplicación de marras y a sus conversaciones en grupo vuelvo a estar conectada y al día de la gente que aprecio. Además, se ha convertido en el medio ideal para un desahogo repentino, para una explicación, para contar una alegría, un cotilleo... y en nada de tiempo. Puedes leerlo cuando puedas, en un minuto, y contestar en otro ratejo. Como decía una de mis amigas respecto al invento el otro día y en plena conversación intrascendente pero necesaria al cien por cien: "En este rato he puesto una lavadora, he bañado al pequeño, he tendido otra y terminado de hacer la cena". ¿No es genial? Y mientras, las cuatro del grupo comentando, riéndonos en la distancia y acercándonos un poco más.

Gracias al whatsapp he vuelto a tener contacto diario con las que eran mis amigas en el colegio y soy partícipe de sus vidas, de sus desvelos, de sus alegrías; comento e intercambio chistes y fotos -algunas guarrillas, jeje, que hay veces que las mujeres también necesitamos hacer un poco el troglodita- con las mamás del cole de mi niño mayor con las que hago camarilla; quedo, organizo y pregunto con otras mamás, las de la asociación de padres, que  han sido todo un descubrimiento para mí; estoy al tanto de las vivencias de mi amiga Patri, que se fue a Australia, y no hablo con ella tanto como debiera por otro invento maravilloso, Skype; también siento la cercanía de las que fueron mis compañeras y amigas de trabajo, ahora que no lo tengo...

Es tanto lo que este medio nos ha dado a las mujeres que una de las componentes de uno de estos grupos lo llamó un día "El whatsapp de la Esperanza". Y con toda razón. 

lunes, 4 de junio de 2012

El primer "no cumpleaños"

Tenía que suceder. Hace algunas semanas mi hijo mayor tuvo su primer "no cumpleaños", es decir, la primera fiesta a la que no le invitaron y él fue plenamente consciente de ello. A decir verdad, ya sufrió este revés en la guarde cuando la madre del niño P decidió que Alejandro fuese el único niño de la escuela infantil que no iba a la fiesta de su hijo... pero aquella decepción nos la tragamos sus padres solitos ya que la criatura, con un año y pico, no se enteró de nada.

Hace un par de semanas, el niño B y la niña L celebraban sus respectivos cumpleaños, uno un martes, la otra al día siguiente, y a ninguno de los dos fue invitado Alejandro. Para los que no tienen niños y se atreven a leer blogs como este, explicaré que hay dos modalidades de celebración del cumpleaños en los colegios. Algunos se organizan y celebran la fiesta por "tandas" invitando a toda la clase. Celebran varios juntos, se regala en bloque y así todos participan y nadie se siente excluido. En el cole de mi hijo no hemos llegado a ese nivel de organización y lo hacemos a la antigua usanza: se invita a unos cuantos amiguitos y el resto queda fuera. Eso sí, regalo del que cumple para toda la clase -el sustituto de nuestros sugus- sigue habiendo.

Quizá esta segunda opción es más "cruel" pero yo me consuelo diciendo que en la vida siempre quedarás fuera por algo: no te cogerán en la primera entrevista de trabajo, habrá otro que se ligue a la guapa del instituto y quizá no te saques el carnet de conducir a la primera. Por eso, cuanto antes nos vayamos acostumbrando a las frustraciones, mejor, pienso yo... Aunque habrá quien crea que soy una madre muy bruta, que de todo hay.

Siguiendo con el niño B y la niña L, la decepción llegó por partida doble: además de no ser invitado, sí lo fueron todos los niños que forman grupo con el mío. Las razones por las que él fue excluido, no las sé. A estas edades hoy tienes un "mejor amigo" y mañana no quieres ni verle y me imagino que por ahí irían los tiros. El caso es que, sobre todo el primer día, el del niño B, Alejandro salió como si tal cosa y me dijo tan tranquilo: "Ahora vamos al cumpleaños de B". Yo le contesté que no podíamos, que no nos habían invitado y él, ya a punto de llorar -no había colado-, me juraba y perjuraba que tenía la invitación en el bolsillo, pero que la había perdido.

Y ahí empezó mi lección de madre coraje que por un lado habría querido evitar a su niño el sufrimiento de saberse excluido pero, por otro, estaba convencida de que todo no se puede tener en esta vida. Además, todo hay que decirlo, nosotros a B no le invitamos al de Alejandro... y por ahí empezó mi "discurso de convencimiento". Luego seguí con que, aunque todos sean amigos, hay que poner el límite en algún sitio y que B, para demostrar que quiere mucho a sus compañeros, pues les había llevado un detalle a todos. Coló a medias. Eso sí, al día siguiente, con el cumple de la niña L, mi campeón se inventó un "mecanismo de defensa" y me contó a la salida que ese día "como es el cumple de L hemos ido todos los del comedor a comer al Burguer, y nos lo hemos pasado fenomenal". El que no se consuela...

viernes, 4 de mayo de 2012

¡Felicidades mamá!

Más o menos una vez cada tres o cuatro días me toca lavar la ropa como se hacía antes, dejando en remojo, dándole con el jabón lagarto y luego restregando. Desde que mi hijo mayor abandonó el pañal me había olvidado de esta "sana" costumbre pero ahora, con Juan, volvemos a esos bodys con la entrepierna llena de "restos de la cena", a esos baberos con más puré en ellos que en el plato y a esas mangas que sólo un mago podría hacer entrar en luz.

Sí, mis dos hijos me han salido "cagones" y antes el mayor, ahora el pequeño, han tenido a bien dejar una muestra de sus esfuerzos en la ropa que solían llevar. Que da igual la marca de pañal que les pongas, que ellos se las apañan para dejar su rastro allá donde estén. Y es raro el día que no me dan en la guarde, junto con la agenda, una bolsa cerrada a cal y canto con la "muestra del delito". Pues iba yo a deciros, a cuento de esto, que ayer precisamente restregando uno de esos bodys que casi dan ganas de tirar, que me puse a reflexionar -por no pensar en lo que quitaba- y me di cuenta de que esta tarea mía, que procuro hacer lo menos posible, para mi madre era una rutina diaria cuando mi hermano y yo éramos pequeños.

Alguno quizá lo recordéis, a otros os lo habrán contado, pero hace taitantos años los pañales de celulosa no habían llegado al súper por lo que todos nos hemos "criado" con gasitas de algodón y "picos" -como se dice en mi pueblo- de tela y plástico. Conclusión, cada vez que cambiabas al niño te quedabas con una gasa llena de "restos orgánicos" que había que lavar y blanquear. ¡¡La de gasas que habrán lavado nuestras madres!! Y todas impolutas, oiga. Que pese a llevarme sólo 16 meses con mi hermano entre mis más tiernos recuerdos todavía tengo esas gasas tendidas en la cuerda de la terraza. Blancas, blanquísimas...

Y así, seguí con mi planteamiento y pensé que mi madre, además, me había parido a lo vivo sin epidural ni inventos y nunca me ha recordado el mal o buen parto que le di. Ella sólo me cuenta que tras una revisión se fue a casa y lo siguiente fue llamar a un taxi porque me di prisa en querer salir. No me ha "echado en cara" ni dolores, ni contracciones, ni nada de nada. Y sin mi padre en la cabecera de la camilla del paritorio diciendo "empuja cariño, que ya lo tienes" o "venga, que lo haces genial" o simplemente dándole la mano. No, hace taitantos años los padres esperaban fuera, como mucho.

Pero además, mi madre también nos llevaba y nos recogía del colegio y tenía la comida lista y nos llevaba a baile, a fútbol, a catequesis y nos comprabas algunos cromos y nos llamaba por la terraza cuando jugábamos en la calle y me hacía canelones el día de mi cumpleaños y me cosía la ropa y me dejaba sus rulos para que se los pusiese a mis muñecas. Y luego, cuando me hice más mayor, me compró una barra de labios para que me la diese "sólo en el viaje de fin de curso de octavo" y me dejaba sus camisetas chulas o sus vaqueros.

Y ahora, que ya tiene tiempo para estudiar, para ir a gimnasia, para desayunar de vez en cuando con sus amigas, para viajar a "destiempo" con mi padre o para salir de compras... todavía encuentra ratos largos para venir al parque en el que paso la tarde con mis hijos y les lleva batidos o galletas y juega con ellos y nunca me dice que no cuando le pido que se quede con los niños. Porque aunque no recuerdo que ella "tuviese su espacio" cuando yo era una mocosa, sí entiende que yo necesite el mío y que mis niños, a veces, me saturan. Y lo hace sin echarme en cara lo contestona que era -cuando me quejo de Alejandro- o que siempre estaba llorando con alguna rabieta -cuando digo el carácter que está sacando Juan-. Por todo esto, desde aquí, le mando la felicitación más bonita a mi madre y le digo bajito que, cuando me reconozco en sus frases, me siento muy, muy orgullosa de ella.

¡Gracias por todo mamá!

miércoles, 25 de abril de 2012

Aquí, el que no gatea, ¡anda!

Juan, 13 meses, a la sazón el segundo de mis hijos y ya apuntando maneras. No sé si había comentado por estos lares que el angelito me había salido tranquilo y muy bueno. Yo pensaba que la naturaleza lo hacía para compensar... pero no recordaba que el anterior, Alejandro, también fue así hasta que cumplió 15 meses. Juan se nos ha adelantado y ha empezado a dar muestras de su personalidad con el año. Eso sí, ahora nos pilla mucho más entrenados.

El caso es que los últimos tres meses nos los hemos pasado "recogiendo" a un niño del suelo. Literalmente. Juan empezó a gatear cuando comienzan todos los niños, pero a diferencia de otros, se sentía tan a gusto con esta forma de desplazarse que la ponía en práctica en todos los sitios. Así, daba igual que estuviésemos en casa, en el parque, en un bar, en la consulta del médico... que él siempre intentaba gatear. En los sitios más o menos salubres, le dejábamos, y ahí te dabas cuenta de que no importa lo limpio que parezca un lugar, que nunca superará la prueba del algodón, en este caso del body. Además, el niño, como la San Miguel, triunfaba allá donde iba porque a todo el mundo le hacía una gracia enorme verle gatear con una velocidad de vértigo.

El problema venía cuando no podías dejar que se arrastrase cual comando del ejército. Entonces el angelito parecía poseído por una fuerza del mal capaz de hacernos desaparecer a todos. Tieso como un ajo, retorcido, más de una vez ha estado a punto de caerse de mis brazos. En su silla la cosa no mejoraba, con el agravante de que los golpes que se daba en la cabeza con el respaldo y los laterales eran de aúpa.

Y, por fin, llegó el día en que empezó a andar. Hay que decir a su favor que el enano se ha soltado como un campeón y que en poco más de una semana va suelto donde quiere. Ya no tengo la paranoia de por dónde se arrastrará, ni quién habrá pisado antes o si se lleva cualquier cosa en la ropa o en las manos. Ahora, el sufrimiento viene porque quiere subirse a todos los sitios e imitar a su hermano mayor en todo... Y nuestra pena radica en que, andando, ya no es el bebé de hace unos días. ¡Ay que cualquier día nuestro pequeñín ya nos pide la paga!

viernes, 30 de septiembre de 2011

Huyendo como las ratas

Las mañanas son mi "espacio particular" en casa. Resulta que me levanto la primera. Eso me permite, a pesar del madrugón, desayunar y ducharme tranquilamente. Además, quizá porque  las tardes con los niños son enteramente mías, reconozco que me encanta la sensación de salir de casa sin tener que haber estado pendiente de coger pañales, vestir a uno, cambiar al otro, mirar si hay agua y leche para el biberón en la bolsa, coger chaquetas y todas esas cosas que hacemos las madres antes de salir de casa.

Por eso, cuando ando trasteando por el pasillo buscando el bolso, o en la cocina llenado el tupper de la comida, procuro hacer muy poquito ruido, no sea que alguna de las "fierecillas" vaya a despertarse. Eso supondría, no sólo dar al traste con mi horario preestablecido para salir y no llegar tarde, sino tener que calmar, coger o dar agua a alguno de mis retoños que ya harán difícil la tarea de irme al trabajo tranquila y ajena a todo.

Esta última semana, Juan, el pequeño, está cogiendo la costumbre de despertase justo cuando yo voy a enfilar para la puerta. La verdad es que el enano tiene un despertar de lo más agradecido. No llora, ni nada, y sólo empieza a parlotear, a coger muñecos o a cantar hasta que alguien decide hacerle un poco de caso. En ese momento, saca la mejor de sus sonrisas para pedir que lo cojas. Yo, sabedora de esta costumbre, me enfrento cada día a un dilema: ¿me acerco a darle un beso rápido para que venga papá recién salido de la ducha a cogerlo o me escapo como las ratas porque sé que lo del beso rápido es una quimera?

viernes, 16 de septiembre de 2011

Hemos tenido una radio

Todos los padres asisten con emoción al momento en que su retoño comienza a decir sus primeras palabras. Es a la vez emocionante y gracioso observar como el niño o la niña va hilvanando las frases cortas, cómo se refiere a las cosas con nombres inventados, el tono de voz que emplea... Recuerdo que Alejandro comenzó a hablar muy tarde. Quitando los "papá", "mamá", "agua" y "Ayo" -para referirse a él- no decía mucho más. En aquellos días siempre teníamos la coletilla de que "seguro que cuando empiece a hablar, no va a callarse".

Ilusos. Qué razón teníamos y qué poco pensábamos en los "dolores de cabeza" que nos iba a traer la verborrea del niño. Porque sólo faltó que la matrona, en la sala de partos, nos dijera: "Enhorabuena, han tenido ustedes una radio". Una vez que empezó, el niño no calló. Ahora habla continuamente y tiene temas recurrentes que terminar por irritarme sobremanera, como las taladradoras, las motosierras para cortar los árboles, los carpinteros, las excavadoras (de pala, de palo y de uña), las herramientas, los bomberos, los guardias civiles, los policías... Además, da igual por lo que le preguntes que, al final, se las apaña para "hablar de su libro" y tirar por dónde más le interesa.

Me imagino que esto será igual en todos los niños, pero llega un momento, casi sin que te des cuenta, en que en casa sólo habla él. Poco a poco ha ido monopolizando los tiempos de las conversaciones y el otro día fui consciente de que, cuando estamos todos, casi no tengo charlas "serias" con mi marido. Por mucho que le instamos a que "cuando hablan los mayores no se interrumpe", el problema llega porque el enano -qué listo- siempre nos coge la delantera... ¡y cuando empieza a hablar no hay quien le pare!

Pese a todo lo dicho, el otro día asistí a una imagen que me hizo pensar mucho sobre esos momentos de hartazgo en que los "mira mami" me taladran los oídos -que nadie piense que soy una sádica, pero prueben a estar escuchando durante una media de tres horas "mami, mami, mami, mami"... -. Estábamos en un restaurante y en la mesa de al lado había una familia tipo: padre, madre y dos hijos preadolescentes. Los padres miraban al frente, los hijos estaban enganchados a sus teléfonos de última generación. Ninguno hablaba. Viéndolos me di cuenta de que tenía mucha suerte al estar escuchando todo el día a mi hijo, aunque a veces tenga que rogarle que se calle.

martes, 2 de agosto de 2011

De excavadoras, gruas y camiones de basura

Vacaciones, benditas vacaciones. Ese tiempo en que todos desconectamos, descansamos y aprovechamos para cargar las pilas. La parte dos, no menos importante, es cuando acabados los días de asueto de los adultos, alguno de los hijos decide continuar, legítimamente, con el tiempo de juego, por ejemplo, quedándose en la playa con los abuelos. A nosotros nos pasó con el mayor -claro que el pequeño, pobre con cinco meses, todavía no puede independizarse de nosotros- y ya volviendo de la playa, cuando no habían pasado ni dos horas desde la despedida, nos ocurrió algo que nos demostró lo que íbamos a echar de menos al vástago esta semana.

El viaje transcurría tranquilo cuando al ver a una máquina de obras en la carretera los dos, su padre y yo, gritamos: ¡¡mira, una excavadora!! Al momento nos miramos, como diciendo "qué dos imbéciles, si Alejandro no viene en el coche". Y es que al enano le encantan las maquinarias pesadas -bueno, todo lo que sirva para construir y destruir- y vayamos donde vayamos oye, ve o intuye todas las máquinas habidas y por haber. Por eso, como un ejercicio de distracción en los viajes, cada vez que vemos una excavadora, fresadora, grúa, taladradora, incluso cosechadora, avisamos por si al niño se le ha pasado.

Comentando después la jugada, concluimos que hemos llegado a una fase en que da igual con quién vayas en el coche -tu jefe o el presidente del Gobierno- que al ver a cualquier representante de maquinaria pesada gritarás: ¡¡mira una excavadora!! Seguro que quien tenga hijos sabe a qué me refiero.

No ha sido el único momento. Esta mañana me ha despertado el camión de la basura -tenemos la suerte o la desgracia de tener una isla ecológica justo enfrente de casa- y me ha resultado muy raro no escuchar en la tarima esos pasitos cortos y rápidos de Alejandro yendo flechado a ver cómo descarga el contenedor. En ese momento, Juan se ha despertado y casi sin pensarlo le he cogido y hemos visto los dos como el camión terminaba de hacer su operación diaria. ¿Homenaje a su hermano? ¿Ya una manera de viciar al pequeño con las manias del mayor? Decidan ustedes mismos.