Hoy es el cumpleaños de Juan, mi hijo pequeño. ¡Cuatro años
ya! Parece que fue ayer cuando me puse de parto en la madrugada, casi
deseándolo, después de llegar a la semana 41 y pico… Pero en el blog de hoy no
nos ocuparán estos menesteres, que me conozco, que nos juntamos unas cuantas y
terminamos hablando de nuestros partos como nuestros padres contaban sus
batallitas de la mili.
Lo que hoy me ocupa es la celebración de la fiesta de
cumpleaños porque después de vivir ya cuatro “propias” en tierras inglesas y
otras cuantas como invitados, hay que constatar que, aunque en esencia son
iguales, hay algunas diferencias importantes que nos han llamado mucho la
atención y que hay que tener en cuenta para no llevarse sorpresas.
Aunque en España ya se ha hecho habitual lo de dar
invitaciones para las fiestas, aquí es casi una religión. No hay fiesta sin
invitación, incluso entre los muy allegados. Por supuesto, la invitación debe
ser correspondida con una respuesta, bien confirmando, o bien excusando la
presencia del niño en cuestión.

Otro aspecto de aquí que me llama mucho la atención es que
las fiestas son mucho más pronto que en España, cosa lógica por otro lado, ya
que los horarios son diferentes y todo se adelanta un par de horas,
y tienen
una duración determinada. El estándar suele ser de 14:00 a 16:00 o de 15:00 a
17:00. También pueden ser por la mañana, en plan almuerzo, de 12:00 a 14:00,
pero lo que está claro es que a las dos horas todo el mundo comienza a desfilar
y la fiesta se da por terminada. Nada de horas de parloteo y niños jugando por
doquier hasta las ocho o las nueve de la noche.
Ya en la celebración, y esto sí que me resultó raro, raro, es que
los regalos no se abren al final de la fiesta. Al llegar, cada padre entregará
el regalo a los padres del niño “celebrante”, con una tarjeta de felicitación
–aquí son imprescindibles para todo- con el nombre del niño que regala, y los
paquetes se abren en casa, en soledad, y sin poder agradecer en persona el
detalle. Por supuesto nada de ¡¡qué lo abra, qué lo abra!!, ni de abrazos entre
amigos después de haber destrozado el envoltorio. Eso sí, después toca repartir
otra tarjeta agradeciendo el detalle y diciendo lo mucho que “me ha gustado tu
Lego”. Lo bueno de esto, es que los niños están tan emocionados que practican
caligrafía con gusto.
Otra cosa, aquí tampoco se estila nada el ticket regalo y
si, de repente, te encuentras con tres puzzles iguales, o una camiseta que va un
poco justa… ¡Ah, se siente! Por mi
parte, me he propuesto imponerlo entre mis amistades y yo lo entrego
religiosamente. Eso sí, tengo que explicar por qué, porque los padres me miran
con una cara de asombro…
El tipo de regalo también cambia un poco, aunque eso
depende de la fiesta. Me explico, algunos prefieren un detallito en plan
libreta con boli de animalitos o librito para leer. Otros apuestan por un
regalo más regalo, al modo de lo que hacemos en España. Eso sí, la norma no escrita,
por lo menos en mi entorno, es no sobrepasar las 10 libras. Diez libras, por
cierto, que pueden ser perfectamente metidas en una ¿adivináis? síííí, tarjeta
de felicitación, y ya queda solventado el regalo: que el niño se compre lo que
quiera. Al más puro estilo abuela.
Aquí y allí la tarta es la estrella del cumpleaños, eso no
cambia, sin embargo, también en esto hay algunas diferencias. La tarta es de
suma importancia en la cultura anglosajona y se deja, como en España, para el
final. Tan para el final, que muchas veces no da tiempo a comerla… por eso es
habitual que te la envuelvan en una servilleta y la metan en la bolsita de
chuches –birthday bag- que se da a los invitados como detalle.
Antes de cortarla se canta, por supuesto, el “Cumpleaños
Feliz” –Happy Birthday- pero sólo y exclusivamente.
Aquí no hay más canciones
cumpleañeras tipo “Feliz en tu día”, “Es un muchacho excelente” y, esto es de
agradecer, “Que no cumple uno, que no cumple dos…”.
Como os decía al principio, la esencia se
mantiene, pero hay cosas a tener muy, muy en cuenta. Ahora me río cuando organizando
nuestro primer cumple los padres me preguntaban “¿a qué hora acaba la fiesta?”
o mi apuro porque todos empezaron a desfilar antes de abrir los regalos. Pero
quizá lo más gracioso fue mi insistencia en dar a un niño que se fue el primero
la tarta en un plato de loza –“ya me lo devolverás mañana en el cole”, le decía yo a la
madre…- mientras todas me decían, “déjalo mujer, con una servilleta basta”.
Igual pensaban que iba de sobrada regalando vajilla...