Tenía que suceder. Hace algunas semanas mi hijo mayor tuvo su primer "no cumpleaños", es decir, la primera fiesta a la que no le invitaron y él fue plenamente consciente de ello. A decir verdad, ya sufrió este revés en la guarde cuando la madre del niño P decidió que Alejandro fuese el único niño de la escuela infantil que no iba a la fiesta de su hijo... pero aquella decepción nos la tragamos sus padres solitos ya que la criatura, con un año y pico, no se enteró de nada.
Hace un par de semanas, el niño B y la niña L celebraban sus respectivos cumpleaños, uno un martes, la otra al día siguiente, y a ninguno de los dos fue invitado Alejandro. Para los que no tienen niños y se atreven a leer blogs como este, explicaré que hay dos modalidades de celebración del cumpleaños en los colegios. Algunos se organizan y celebran la fiesta por "tandas" invitando a toda la clase. Celebran varios juntos, se regala en bloque y así todos participan y nadie se siente excluido. En el cole de mi hijo no hemos llegado a ese nivel de organización y lo hacemos a la antigua usanza: se invita a unos cuantos amiguitos y el resto queda fuera. Eso sí, regalo del que cumple para toda la clase -el sustituto de nuestros sugus- sigue habiendo.
Quizá esta segunda opción es más "cruel" pero yo me consuelo diciendo que en la vida siempre quedarás fuera por algo: no te cogerán en la primera entrevista de trabajo, habrá otro que se ligue a la guapa del instituto y quizá no te saques el carnet de conducir a la primera. Por eso, cuanto antes nos vayamos acostumbrando a las frustraciones, mejor, pienso yo... Aunque habrá quien crea que soy una madre muy bruta, que de todo hay.
Siguiendo con el niño B y la niña L, la decepción llegó por partida doble: además de no ser invitado, sí lo fueron todos los niños que forman grupo con el mío. Las razones por las que él fue excluido, no las sé. A estas edades hoy tienes un "mejor amigo" y mañana no quieres ni verle y me imagino que por ahí irían los tiros. El caso es que, sobre todo el primer día, el del niño B, Alejandro salió como si tal cosa y me dijo tan tranquilo: "Ahora vamos al cumpleaños de B". Yo le contesté que no podíamos, que no nos habían invitado y él, ya a punto de llorar -no había colado-, me juraba y perjuraba que tenía la invitación en el bolsillo, pero que la había perdido.
Y ahí empezó mi lección de madre coraje que por un lado habría querido evitar a su niño el sufrimiento de saberse excluido pero, por otro, estaba convencida de que todo no se puede tener en esta vida. Además, todo hay que decirlo, nosotros a B no le invitamos al de Alejandro... y por ahí empezó mi "discurso de convencimiento". Luego seguí con que, aunque todos sean amigos, hay que poner el límite en algún sitio y que B, para demostrar que quiere mucho a sus compañeros, pues les había llevado un detalle a todos. Coló a medias. Eso sí, al día siguiente, con el cumple de la niña L, mi campeón se inventó un "mecanismo de defensa" y me contó a la salida que ese día "como es el cumple de L hemos ido todos los del comedor a comer al Burguer, y nos lo hemos pasado fenomenal". El que no se consuela...
lunes, 4 de junio de 2012
viernes, 4 de mayo de 2012
¡Felicidades mamá!
Más o menos una vez cada tres o cuatro días me toca lavar la ropa como se hacía antes, dejando en remojo, dándole con el jabón lagarto y luego restregando. Desde que mi hijo mayor abandonó el pañal me había olvidado de esta "sana" costumbre pero ahora, con Juan, volvemos a esos bodys con la entrepierna llena de "restos de la cena", a esos baberos con más puré en ellos que en el plato y a esas mangas que sólo un mago podría hacer entrar en luz.
Sí, mis dos hijos me han salido "cagones" y antes el mayor, ahora el pequeño, han tenido a bien dejar una muestra de sus esfuerzos en la ropa que solían llevar. Que da igual la marca de pañal que les pongas, que ellos se las apañan para dejar su rastro allá donde estén. Y es raro el día que no me dan en la guarde, junto con la agenda, una bolsa cerrada a cal y canto con la "muestra del delito". Pues iba yo a deciros, a cuento de esto, que ayer precisamente restregando uno de esos bodys que casi dan ganas de tirar, que me puse a reflexionar -por no pensar en lo que quitaba- y me di cuenta de que esta tarea mía, que procuro hacer lo menos posible, para mi madre era una rutina diaria cuando mi hermano y yo éramos pequeños.
Alguno quizá lo recordéis, a otros os lo habrán contado, pero hace taitantos años los pañales de celulosa no habían llegado al súper por lo que todos nos hemos "criado" con gasitas de algodón y "picos" -como se dice en mi pueblo- de tela y plástico. Conclusión, cada vez que cambiabas al niño te quedabas con una gasa llena de "restos orgánicos" que había que lavar y blanquear. ¡¡La de gasas que habrán lavado nuestras madres!! Y todas impolutas, oiga. Que pese a llevarme sólo 16 meses con mi hermano entre mis más tiernos recuerdos todavía tengo esas gasas tendidas en la cuerda de la terraza. Blancas, blanquísimas...
Y así, seguí con mi planteamiento y pensé que mi madre, además, me había parido a lo vivo sin epidural ni inventos y nunca me ha recordado el mal o buen parto que le di. Ella sólo me cuenta que tras una revisión se fue a casa y lo siguiente fue llamar a un taxi porque me di prisa en querer salir. No me ha "echado en cara" ni dolores, ni contracciones, ni nada de nada. Y sin mi padre en la cabecera de la camilla del paritorio diciendo "empuja cariño, que ya lo tienes" o "venga, que lo haces genial" o simplemente dándole la mano. No, hace taitantos años los padres esperaban fuera, como mucho.
Pero además, mi madre también nos llevaba y nos recogía del colegio y tenía la comida lista y nos llevaba a baile, a fútbol, a catequesis y nos comprabas algunos cromos y nos llamaba por la terraza cuando jugábamos en la calle y me hacía canelones el día de mi cumpleaños y me cosía la ropa y me dejaba sus rulos para que se los pusiese a mis muñecas. Y luego, cuando me hice más mayor, me compró una barra de labios para que me la diese "sólo en el viaje de fin de curso de octavo" y me dejaba sus camisetas chulas o sus vaqueros.
Y ahora, que ya tiene tiempo para estudiar, para ir a gimnasia, para desayunar de vez en cuando con sus amigas, para viajar a "destiempo" con mi padre o para salir de compras... todavía encuentra ratos largos para venir al parque en el que paso la tarde con mis hijos y les lleva batidos o galletas y juega con ellos y nunca me dice que no cuando le pido que se quede con los niños. Porque aunque no recuerdo que ella "tuviese su espacio" cuando yo era una mocosa, sí entiende que yo necesite el mío y que mis niños, a veces, me saturan. Y lo hace sin echarme en cara lo contestona que era -cuando me quejo de Alejandro- o que siempre estaba llorando con alguna rabieta -cuando digo el carácter que está sacando Juan-. Por todo esto, desde aquí, le mando la felicitación más bonita a mi madre y le digo bajito que, cuando me reconozco en sus frases, me siento muy, muy orgullosa de ella.
¡Gracias por todo mamá!
Sí, mis dos hijos me han salido "cagones" y antes el mayor, ahora el pequeño, han tenido a bien dejar una muestra de sus esfuerzos en la ropa que solían llevar. Que da igual la marca de pañal que les pongas, que ellos se las apañan para dejar su rastro allá donde estén. Y es raro el día que no me dan en la guarde, junto con la agenda, una bolsa cerrada a cal y canto con la "muestra del delito". Pues iba yo a deciros, a cuento de esto, que ayer precisamente restregando uno de esos bodys que casi dan ganas de tirar, que me puse a reflexionar -por no pensar en lo que quitaba- y me di cuenta de que esta tarea mía, que procuro hacer lo menos posible, para mi madre era una rutina diaria cuando mi hermano y yo éramos pequeños.
Alguno quizá lo recordéis, a otros os lo habrán contado, pero hace taitantos años los pañales de celulosa no habían llegado al súper por lo que todos nos hemos "criado" con gasitas de algodón y "picos" -como se dice en mi pueblo- de tela y plástico. Conclusión, cada vez que cambiabas al niño te quedabas con una gasa llena de "restos orgánicos" que había que lavar y blanquear. ¡¡La de gasas que habrán lavado nuestras madres!! Y todas impolutas, oiga. Que pese a llevarme sólo 16 meses con mi hermano entre mis más tiernos recuerdos todavía tengo esas gasas tendidas en la cuerda de la terraza. Blancas, blanquísimas...
Y así, seguí con mi planteamiento y pensé que mi madre, además, me había parido a lo vivo sin epidural ni inventos y nunca me ha recordado el mal o buen parto que le di. Ella sólo me cuenta que tras una revisión se fue a casa y lo siguiente fue llamar a un taxi porque me di prisa en querer salir. No me ha "echado en cara" ni dolores, ni contracciones, ni nada de nada. Y sin mi padre en la cabecera de la camilla del paritorio diciendo "empuja cariño, que ya lo tienes" o "venga, que lo haces genial" o simplemente dándole la mano. No, hace taitantos años los padres esperaban fuera, como mucho.
Pero además, mi madre también nos llevaba y nos recogía del colegio y tenía la comida lista y nos llevaba a baile, a fútbol, a catequesis y nos comprabas algunos cromos y nos llamaba por la terraza cuando jugábamos en la calle y me hacía canelones el día de mi cumpleaños y me cosía la ropa y me dejaba sus rulos para que se los pusiese a mis muñecas. Y luego, cuando me hice más mayor, me compró una barra de labios para que me la diese "sólo en el viaje de fin de curso de octavo" y me dejaba sus camisetas chulas o sus vaqueros.
Y ahora, que ya tiene tiempo para estudiar, para ir a gimnasia, para desayunar de vez en cuando con sus amigas, para viajar a "destiempo" con mi padre o para salir de compras... todavía encuentra ratos largos para venir al parque en el que paso la tarde con mis hijos y les lleva batidos o galletas y juega con ellos y nunca me dice que no cuando le pido que se quede con los niños. Porque aunque no recuerdo que ella "tuviese su espacio" cuando yo era una mocosa, sí entiende que yo necesite el mío y que mis niños, a veces, me saturan. Y lo hace sin echarme en cara lo contestona que era -cuando me quejo de Alejandro- o que siempre estaba llorando con alguna rabieta -cuando digo el carácter que está sacando Juan-. Por todo esto, desde aquí, le mando la felicitación más bonita a mi madre y le digo bajito que, cuando me reconozco en sus frases, me siento muy, muy orgullosa de ella.
¡Gracias por todo mamá!
miércoles, 25 de abril de 2012
Aquí, el que no gatea, ¡anda!
Juan, 13 meses, a la sazón el segundo de mis hijos y ya apuntando maneras. No sé si había comentado por estos lares que el angelito me había salido tranquilo y muy bueno. Yo pensaba que la naturaleza lo hacía para compensar... pero no recordaba que el anterior, Alejandro, también fue así hasta que cumplió 15 meses. Juan se nos ha adelantado y ha empezado a dar muestras de su personalidad con el año. Eso sí, ahora nos pilla mucho más entrenados.
El caso es que los últimos tres meses nos los hemos pasado "recogiendo" a un niño del suelo. Literalmente. Juan empezó a gatear cuando comienzan todos los niños, pero a diferencia de otros, se sentía tan a gusto con esta forma de desplazarse que la ponía en práctica en todos los sitios. Así, daba igual que estuviésemos en casa, en el parque, en un bar, en la consulta del médico... que él siempre intentaba gatear. En los sitios más o menos salubres, le dejábamos, y ahí te dabas cuenta de que no importa lo limpio que parezca un lugar, que nunca superará la prueba del algodón, en este caso del body. Además, el niño, como la San Miguel, triunfaba allá donde iba porque a todo el mundo le hacía una gracia enorme verle gatear con una velocidad de vértigo.
El problema venía cuando no podías dejar que se arrastrase cual comando del ejército. Entonces el angelito parecía poseído por una fuerza del mal capaz de hacernos desaparecer a todos. Tieso como un ajo, retorcido, más de una vez ha estado a punto de caerse de mis brazos. En su silla la cosa no mejoraba, con el agravante de que los golpes que se daba en la cabeza con el respaldo y los laterales eran de aúpa.
Y, por fin, llegó el día en que empezó a andar. Hay que decir a su favor que el enano se ha soltado como un campeón y que en poco más de una semana va suelto donde quiere. Ya no tengo la paranoia de por dónde se arrastrará, ni quién habrá pisado antes o si se lleva cualquier cosa en la ropa o en las manos. Ahora, el sufrimiento viene porque quiere subirse a todos los sitios e imitar a su hermano mayor en todo... Y nuestra pena radica en que, andando, ya no es el bebé de hace unos días. ¡Ay que cualquier día nuestro pequeñín ya nos pide la paga!
El caso es que los últimos tres meses nos los hemos pasado "recogiendo" a un niño del suelo. Literalmente. Juan empezó a gatear cuando comienzan todos los niños, pero a diferencia de otros, se sentía tan a gusto con esta forma de desplazarse que la ponía en práctica en todos los sitios. Así, daba igual que estuviésemos en casa, en el parque, en un bar, en la consulta del médico... que él siempre intentaba gatear. En los sitios más o menos salubres, le dejábamos, y ahí te dabas cuenta de que no importa lo limpio que parezca un lugar, que nunca superará la prueba del algodón, en este caso del body. Además, el niño, como la San Miguel, triunfaba allá donde iba porque a todo el mundo le hacía una gracia enorme verle gatear con una velocidad de vértigo.
El problema venía cuando no podías dejar que se arrastrase cual comando del ejército. Entonces el angelito parecía poseído por una fuerza del mal capaz de hacernos desaparecer a todos. Tieso como un ajo, retorcido, más de una vez ha estado a punto de caerse de mis brazos. En su silla la cosa no mejoraba, con el agravante de que los golpes que se daba en la cabeza con el respaldo y los laterales eran de aúpa.
Y, por fin, llegó el día en que empezó a andar. Hay que decir a su favor que el enano se ha soltado como un campeón y que en poco más de una semana va suelto donde quiere. Ya no tengo la paranoia de por dónde se arrastrará, ni quién habrá pisado antes o si se lleva cualquier cosa en la ropa o en las manos. Ahora, el sufrimiento viene porque quiere subirse a todos los sitios e imitar a su hermano mayor en todo... Y nuestra pena radica en que, andando, ya no es el bebé de hace unos días. ¡Ay que cualquier día nuestro pequeñín ya nos pide la paga!
viernes, 30 de septiembre de 2011
Huyendo como las ratas
Las mañanas son mi "espacio particular" en casa. Resulta que me levanto la primera. Eso me permite, a pesar del madrugón, desayunar y ducharme tranquilamente. Además, quizá porque las tardes con los niños son enteramente mías, reconozco que me encanta la sensación de salir de casa sin tener que haber estado pendiente de coger pañales, vestir a uno, cambiar al otro, mirar si hay agua y leche para el biberón en la bolsa, coger chaquetas y todas esas cosas que hacemos las madres antes de salir de casa.
Por eso, cuando ando trasteando por el pasillo buscando el bolso, o en la cocina llenado el tupper de la comida, procuro hacer muy poquito ruido, no sea que alguna de las "fierecillas" vaya a despertarse. Eso supondría, no sólo dar al traste con mi horario preestablecido para salir y no llegar tarde, sino tener que calmar, coger o dar agua a alguno de mis retoños que ya harán difícil la tarea de irme al trabajo tranquila y ajena a todo.
Esta última semana, Juan, el pequeño, está cogiendo la costumbre de despertase justo cuando yo voy a enfilar para la puerta. La verdad es que el enano tiene un despertar de lo más agradecido. No llora, ni nada, y sólo empieza a parlotear, a coger muñecos o a cantar hasta que alguien decide hacerle un poco de caso. En ese momento, saca la mejor de sus sonrisas para pedir que lo cojas. Yo, sabedora de esta costumbre, me enfrento cada día a un dilema: ¿me acerco a darle un beso rápido para que venga papá recién salido de la ducha a cogerlo o me escapo como las ratas porque sé que lo del beso rápido es una quimera?
Por eso, cuando ando trasteando por el pasillo buscando el bolso, o en la cocina llenado el tupper de la comida, procuro hacer muy poquito ruido, no sea que alguna de las "fierecillas" vaya a despertarse. Eso supondría, no sólo dar al traste con mi horario preestablecido para salir y no llegar tarde, sino tener que calmar, coger o dar agua a alguno de mis retoños que ya harán difícil la tarea de irme al trabajo tranquila y ajena a todo.
Esta última semana, Juan, el pequeño, está cogiendo la costumbre de despertase justo cuando yo voy a enfilar para la puerta. La verdad es que el enano tiene un despertar de lo más agradecido. No llora, ni nada, y sólo empieza a parlotear, a coger muñecos o a cantar hasta que alguien decide hacerle un poco de caso. En ese momento, saca la mejor de sus sonrisas para pedir que lo cojas. Yo, sabedora de esta costumbre, me enfrento cada día a un dilema: ¿me acerco a darle un beso rápido para que venga papá recién salido de la ducha a cogerlo o me escapo como las ratas porque sé que lo del beso rápido es una quimera?
viernes, 16 de septiembre de 2011
Hemos tenido una radio
Todos los padres asisten con emoción al momento en que su retoño comienza a decir sus primeras palabras. Es a la vez emocionante y gracioso observar como el niño o la niña va hilvanando las frases cortas, cómo se refiere a las cosas con nombres inventados, el tono de voz que emplea... Recuerdo que Alejandro comenzó a hablar muy tarde. Quitando los "papá", "mamá", "agua" y "Ayo" -para referirse a él- no decía mucho más. En aquellos días siempre teníamos la coletilla de que "seguro que cuando empiece a hablar, no va a callarse".
Ilusos. Qué razón teníamos y qué poco pensábamos en los "dolores de cabeza" que nos iba a traer la verborrea del niño. Porque sólo faltó que la matrona, en la sala de partos, nos dijera: "Enhorabuena, han tenido ustedes una radio". Una vez que empezó, el niño no calló. Ahora habla continuamente y tiene temas recurrentes que terminar por irritarme sobremanera, como las taladradoras, las motosierras para cortar los árboles, los carpinteros, las excavadoras (de pala, de palo y de uña), las herramientas, los bomberos, los guardias civiles, los policías... Además, da igual por lo que le preguntes que, al final, se las apaña para "hablar de su libro" y tirar por dónde más le interesa.
Me imagino que esto será igual en todos los niños, pero llega un momento, casi sin que te des cuenta, en que en casa sólo habla él. Poco a poco ha ido monopolizando los tiempos de las conversaciones y el otro día fui consciente de que, cuando estamos todos, casi no tengo charlas "serias" con mi marido. Por mucho que le instamos a que "cuando hablan los mayores no se interrumpe", el problema llega porque el enano -qué listo- siempre nos coge la delantera... ¡y cuando empieza a hablar no hay quien le pare!
Pese a todo lo dicho, el otro día asistí a una imagen que me hizo pensar mucho sobre esos momentos de hartazgo en que los "mira mami" me taladran los oídos -que nadie piense que soy una sádica, pero prueben a estar escuchando durante una media de tres horas "mami, mami, mami, mami"... -. Estábamos en un restaurante y en la mesa de al lado había una familia tipo: padre, madre y dos hijos preadolescentes. Los padres miraban al frente, los hijos estaban enganchados a sus teléfonos de última generación. Ninguno hablaba. Viéndolos me di cuenta de que tenía mucha suerte al estar escuchando todo el día a mi hijo, aunque a veces tenga que rogarle que se calle.
Ilusos. Qué razón teníamos y qué poco pensábamos en los "dolores de cabeza" que nos iba a traer la verborrea del niño. Porque sólo faltó que la matrona, en la sala de partos, nos dijera: "Enhorabuena, han tenido ustedes una radio". Una vez que empezó, el niño no calló. Ahora habla continuamente y tiene temas recurrentes que terminar por irritarme sobremanera, como las taladradoras, las motosierras para cortar los árboles, los carpinteros, las excavadoras (de pala, de palo y de uña), las herramientas, los bomberos, los guardias civiles, los policías... Además, da igual por lo que le preguntes que, al final, se las apaña para "hablar de su libro" y tirar por dónde más le interesa.
Me imagino que esto será igual en todos los niños, pero llega un momento, casi sin que te des cuenta, en que en casa sólo habla él. Poco a poco ha ido monopolizando los tiempos de las conversaciones y el otro día fui consciente de que, cuando estamos todos, casi no tengo charlas "serias" con mi marido. Por mucho que le instamos a que "cuando hablan los mayores no se interrumpe", el problema llega porque el enano -qué listo- siempre nos coge la delantera... ¡y cuando empieza a hablar no hay quien le pare!
Pese a todo lo dicho, el otro día asistí a una imagen que me hizo pensar mucho sobre esos momentos de hartazgo en que los "mira mami" me taladran los oídos -que nadie piense que soy una sádica, pero prueben a estar escuchando durante una media de tres horas "mami, mami, mami, mami"... -. Estábamos en un restaurante y en la mesa de al lado había una familia tipo: padre, madre y dos hijos preadolescentes. Los padres miraban al frente, los hijos estaban enganchados a sus teléfonos de última generación. Ninguno hablaba. Viéndolos me di cuenta de que tenía mucha suerte al estar escuchando todo el día a mi hijo, aunque a veces tenga que rogarle que se calle.
martes, 2 de agosto de 2011
De excavadoras, gruas y camiones de basura
Vacaciones, benditas vacaciones. Ese tiempo en que todos desconectamos, descansamos y aprovechamos para cargar las pilas. La parte dos, no menos importante, es cuando acabados los días de asueto de los adultos, alguno de los hijos decide continuar, legítimamente, con el tiempo de juego, por ejemplo, quedándose en la playa con los abuelos. A nosotros nos pasó con el mayor -claro que el pequeño, pobre con cinco meses, todavía no puede independizarse de nosotros- y ya volviendo de la playa, cuando no habían pasado ni dos horas desde la despedida, nos ocurrió algo que nos demostró lo que íbamos a echar de menos al vástago esta semana.
El viaje transcurría tranquilo cuando al ver a una máquina de obras en la carretera los dos, su padre y yo, gritamos: ¡¡mira, una excavadora!! Al momento nos miramos, como diciendo "qué dos imbéciles, si Alejandro no viene en el coche". Y es que al enano le encantan las maquinarias pesadas -bueno, todo lo que sirva para construir y destruir- y vayamos donde vayamos oye, ve o intuye todas las máquinas habidas y por haber. Por eso, como un ejercicio de distracción en los viajes, cada vez que vemos una excavadora, fresadora, grúa, taladradora, incluso cosechadora, avisamos por si al niño se le ha pasado.
Comentando después la jugada, concluimos que hemos llegado a una fase en que da igual con quién vayas en el coche -tu jefe o el presidente del Gobierno- que al ver a cualquier representante de maquinaria pesada gritarás: ¡¡mira una excavadora!! Seguro que quien tenga hijos sabe a qué me refiero.
No ha sido el único momento. Esta mañana me ha despertado el camión de la basura -tenemos la suerte o la desgracia de tener una isla ecológica justo enfrente de casa- y me ha resultado muy raro no escuchar en la tarima esos pasitos cortos y rápidos de Alejandro yendo flechado a ver cómo descarga el contenedor. En ese momento, Juan se ha despertado y casi sin pensarlo le he cogido y hemos visto los dos como el camión terminaba de hacer su operación diaria. ¿Homenaje a su hermano? ¿Ya una manera de viciar al pequeño con las manias del mayor? Decidan ustedes mismos.
El viaje transcurría tranquilo cuando al ver a una máquina de obras en la carretera los dos, su padre y yo, gritamos: ¡¡mira, una excavadora!! Al momento nos miramos, como diciendo "qué dos imbéciles, si Alejandro no viene en el coche". Y es que al enano le encantan las maquinarias pesadas -bueno, todo lo que sirva para construir y destruir- y vayamos donde vayamos oye, ve o intuye todas las máquinas habidas y por haber. Por eso, como un ejercicio de distracción en los viajes, cada vez que vemos una excavadora, fresadora, grúa, taladradora, incluso cosechadora, avisamos por si al niño se le ha pasado.
Comentando después la jugada, concluimos que hemos llegado a una fase en que da igual con quién vayas en el coche -tu jefe o el presidente del Gobierno- que al ver a cualquier representante de maquinaria pesada gritarás: ¡¡mira una excavadora!! Seguro que quien tenga hijos sabe a qué me refiero.
No ha sido el único momento. Esta mañana me ha despertado el camión de la basura -tenemos la suerte o la desgracia de tener una isla ecológica justo enfrente de casa- y me ha resultado muy raro no escuchar en la tarima esos pasitos cortos y rápidos de Alejandro yendo flechado a ver cómo descarga el contenedor. En ese momento, Juan se ha despertado y casi sin pensarlo le he cogido y hemos visto los dos como el camión terminaba de hacer su operación diaria. ¿Homenaje a su hermano? ¿Ya una manera de viciar al pequeño con las manias del mayor? Decidan ustedes mismos.
lunes, 11 de julio de 2011
La ventaja de ser el segundo
Desde que me quedé embarazada de Juan hemos trasmitido a Alejandro la importancia y la "suerte" que tiene de ser el "hermano mayor". Ha sido una manera de ir preparándole para la llegada de su hermano haciéndole ver lo importante que sería él para el bebé. De esta forma, también, dejábamos enterrado el papel de "príncipe destronado" que se supone siempre a los mayores y le dábamos un nuevo estatus en la familia, al pasar de ser el "único" a ser el "mayor", cosa que dicha así mola mucho, pero que a los niños no debe gustarles tanto. Para rizar el rizo, nos inventamos otro vínculo más con él antes de la llegada del hermanito, ya que tanto su padre como yo "somos también hermanos mayores".
Ahora, cuatro meses después de la llegada de Juan, viendo las cosas con cierta distancia y comparando, es inevitable, la experiencia de uno y de otro, tengo que llegar a la conclusión de que ser el segundo también tiene muchas ventajas. Ahora hablo desde el punto de vista de los padres hacia el bebé. Como dice mi marido "con Alejandro todo era mucho más intenso", pero con Juan tenemos la calma y el grado que da la experiencia.
Creo que lo mejor que ha podido tener Juan en estos primeros meses de vida ha sido todo el entrenamiento como madre que me ha facilitado su hermano durante tres años y pico. Con el tiempo me he dado cuenta de que si algo me costó con el primero fue asumir que había perdido "mi independencia". Las cosas ya no eran cuando YO quería, sino cuando PODÍA y me dejaba el bebé. Y no sólo al principio, sino para siempre. Ese aprendizaje ha sido crucial para afrontar la llegada de Juan con mucha más serenidad y con la impresión de que no pasa nada por ducharse dos horas más tarde o salir de casa diez minutos después.
Reconozco que antes de parir al segundo de mis hijos tenía cierto miedo en cómo haría para encajarlos a los dos en mi vida y mi rutina como madre. Alejandro es muy acaparador y sentía que si Juan era tranquilo, como así ha sido, seguiría pendiente de las "trastadas" y ocurrencias del mayor, dejando al otro en un sengundo plano. Nada más lejos de la realidad. Ciertamente, la naturaleza es muy sabia, ya que sabe colocarnos a cada uno en nuestro lugar de una forma natural y sin estridencias. Ambos, Juan y Alejandro, Alejandro y Juan, tienen ya su espacio y su tiempo y, la verdad, ha sido fácil darles a cada uno lo suyo, en cada momento, y cuando lo necesitan.
Lo verdaderamente sorprendente, y yo diría que mágico, es que aún así, he podido ir a buscar a mi hijo mayor casi todos los días al cole desde que nació su hermano; hemos podido seguir saliendo al parque como antes y sigo dejándole y recogiéndole en sus actividades como cuando tenía sólo un hijo. Y todo con tranquilidad y respetando los horarios del bebé.
Ahora, cuatro meses después de la llegada de Juan, viendo las cosas con cierta distancia y comparando, es inevitable, la experiencia de uno y de otro, tengo que llegar a la conclusión de que ser el segundo también tiene muchas ventajas. Ahora hablo desde el punto de vista de los padres hacia el bebé. Como dice mi marido "con Alejandro todo era mucho más intenso", pero con Juan tenemos la calma y el grado que da la experiencia.
Creo que lo mejor que ha podido tener Juan en estos primeros meses de vida ha sido todo el entrenamiento como madre que me ha facilitado su hermano durante tres años y pico. Con el tiempo me he dado cuenta de que si algo me costó con el primero fue asumir que había perdido "mi independencia". Las cosas ya no eran cuando YO quería, sino cuando PODÍA y me dejaba el bebé. Y no sólo al principio, sino para siempre. Ese aprendizaje ha sido crucial para afrontar la llegada de Juan con mucha más serenidad y con la impresión de que no pasa nada por ducharse dos horas más tarde o salir de casa diez minutos después.
Reconozco que antes de parir al segundo de mis hijos tenía cierto miedo en cómo haría para encajarlos a los dos en mi vida y mi rutina como madre. Alejandro es muy acaparador y sentía que si Juan era tranquilo, como así ha sido, seguiría pendiente de las "trastadas" y ocurrencias del mayor, dejando al otro en un sengundo plano. Nada más lejos de la realidad. Ciertamente, la naturaleza es muy sabia, ya que sabe colocarnos a cada uno en nuestro lugar de una forma natural y sin estridencias. Ambos, Juan y Alejandro, Alejandro y Juan, tienen ya su espacio y su tiempo y, la verdad, ha sido fácil darles a cada uno lo suyo, en cada momento, y cuando lo necesitan.
Lo verdaderamente sorprendente, y yo diría que mágico, es que aún así, he podido ir a buscar a mi hijo mayor casi todos los días al cole desde que nació su hermano; hemos podido seguir saliendo al parque como antes y sigo dejándole y recogiéndole en sus actividades como cuando tenía sólo un hijo. Y todo con tranquilidad y respetando los horarios del bebé.
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