Llevaba muchos días ya sin actualizar este blog y sabía que de hoy no pasaba. Día lluvioso, de esos que invitan a estar en casa lo que me ha hecho pensar en un momento de esos que gusta recordar siempre. Dice el refrán que tras la tempestad siempre llega la calma y debo afirmar que con nuestro vástago el dicho se cumple al cien por cien.
Paso a detallar el suceso. Rabieta de las que dan miedo, sí señor, digo de las que dan miedo porque una cosa es contarlo y otra estar allí. Sólo os diré que el resultado de la misma acabó con los cubos de la basura esparcidos por la cocina y un sin fín de juguetes volando por la habitación. Cuando al fin la razón pobló la pequeña gran mente de Alejandro y fue capaz de "parar" le di un abrazo enorme, que fue lo que me salió, y para mantenerlo tranquilo le invité a ver la tele.
Y allí estuvimos los dos casi una hora, juntitos en el sofá, viendo la Casa de Mickey Mouse y él de vez en cuando dándome un beso o pasando su manita por mi cara. ¿Sentimiento de culpa? ¿Reconciliación? Qué más da, el caso es que yo -y espero que él- era la más feliz del mundo. Eso sí, antes de la sesión de cine forum, recogió todo como un campeón y después se quedó tres días sin parque....
martes, 15 de febrero de 2011
viernes, 21 de enero de 2011
Terapia
Es de personas inteligentes reconocer los problemas y las propias limitaciones y, bueno, yo me considero inteligente, o por lo menos realista, por eso, una vez que fui consciente de que con mi sentido común y las enseñanzas innatas de mis padres no iba a ser capaz de "adiestrar" a la fiera, decidí pedir ayuda profesional. En acuerdo con el padre acudimos a una psicóloga infantil y el resultado ha sido estupendo.
Digo esto, porque entiendo que haya gente que piense que son cosas de niños, que ya se les pasará, que es la edad... o simplemente que este tipo de profesionales no van a ser la panacea ni a resolver los problemas de golpe. Como decía, entiendo estos argumentos, pero, por lo menos para mi, cuando llegó el momento en que fui consciente de que paso más tiempo "peleando" con mi niño que disfrutando de él -y sin ningún resultado- consideré que hacía falta un cambio de estrategia porque la mia -nuestra- no funcionaba.
Por eso, la llegada de Mar a nuestras vidas ha sido un bálsamo. Pequeñas pautas, personalizadas para nuestro enano, pero muy efectivas; pero, sobre todo, la tranquilidad que da exponer el problema a alguien ajeno, experto, que no quita hierro al asunto pero tampoco lo trata como si fuese el fin del mundo, que te da esperanza de que las cosas van a cambiar y, además, te aporta confianza en que lo que haces, lo haces bien. Sólo hace falta cambiar algunas cosas.
Desde entonces yo estoy mucho más tranquila, Alejandro está mucho más tranquilo y nuestras tardes vuelven a ser divertidas. Nadie pasa por alto sus obligaciones y, lo que es mejor, el niño lo hace todo convencido y no sólo por evitar los castigos o privaciones. Es mucho más reactivo a lo que le decimos y sabe de antemano que sus actos tienen consecuencias, pero sin histerias, ni charlas innecesarias y sin subir el tono. Ahora, sus rabietas duran mucho menos y son más controladas y todos, en general, estamos mucho más contentos.
Y todo esto sin olvidar algo que nos dijo la psicóloga y que es para pensar: "el niño tiene un carácter, que moldeará con el tiempo y no podrá hacer sin vuestra ayuda. De los dos a los cinco años fijar ese carácter de manera positiva es fundamental. Luego todo es mucho más difícil y los resultados no tan buenos". Asi que ahí estamos, avanzando todos de la mano experta de Mar.
Digo esto, porque entiendo que haya gente que piense que son cosas de niños, que ya se les pasará, que es la edad... o simplemente que este tipo de profesionales no van a ser la panacea ni a resolver los problemas de golpe. Como decía, entiendo estos argumentos, pero, por lo menos para mi, cuando llegó el momento en que fui consciente de que paso más tiempo "peleando" con mi niño que disfrutando de él -y sin ningún resultado- consideré que hacía falta un cambio de estrategia porque la mia -nuestra- no funcionaba.
Por eso, la llegada de Mar a nuestras vidas ha sido un bálsamo. Pequeñas pautas, personalizadas para nuestro enano, pero muy efectivas; pero, sobre todo, la tranquilidad que da exponer el problema a alguien ajeno, experto, que no quita hierro al asunto pero tampoco lo trata como si fuese el fin del mundo, que te da esperanza de que las cosas van a cambiar y, además, te aporta confianza en que lo que haces, lo haces bien. Sólo hace falta cambiar algunas cosas.
Desde entonces yo estoy mucho más tranquila, Alejandro está mucho más tranquilo y nuestras tardes vuelven a ser divertidas. Nadie pasa por alto sus obligaciones y, lo que es mejor, el niño lo hace todo convencido y no sólo por evitar los castigos o privaciones. Es mucho más reactivo a lo que le decimos y sabe de antemano que sus actos tienen consecuencias, pero sin histerias, ni charlas innecesarias y sin subir el tono. Ahora, sus rabietas duran mucho menos y son más controladas y todos, en general, estamos mucho más contentos.
Y todo esto sin olvidar algo que nos dijo la psicóloga y que es para pensar: "el niño tiene un carácter, que moldeará con el tiempo y no podrá hacer sin vuestra ayuda. De los dos a los cinco años fijar ese carácter de manera positiva es fundamental. Luego todo es mucho más difícil y los resultados no tan buenos". Asi que ahí estamos, avanzando todos de la mano experta de Mar.
viernes, 14 de enero de 2011
De vuelta, y más tranquilos
Tenía mucho respeto a las vacaciones de Navidad, porque eran las primeras que pasaría enteramente con el enano en casa y tal y como se estaba portando los días previos... El año pasado, y el anterior, él seguía acudiendo a la escuela infantil aunque yo tenía algunos días libres por la Navidad. Finalmente, puedo decir que han sido unas vacaciones tranquilas y muy disfrutadas. Aunque también han tenido momentos muy tensos...
Para empezar ha sido una pasada ver como Alejandro ha disfrutado de estas fechas, las de los niños por antonomasia. Papá Noel, los Reyes Magos, Nochebuena, "Nochemala" -así llamó a la Nochevieja...-, las cenas familiares, los regalos, la cabalgata de Reyes, ver belenes, las luces.... Todo ha sido un descubrimiento y todo le ha encantado. Además, poco a poco, ambos hemos establecido una pauta de "comportamiento" y él ha ido entendiendo dónde estaban los límites, aunque nos ha costado mucho al principio.
Sus reacciones ante el "no se puede hacer eso" o hacia el castigo, cuando era necesario, empezaron siendo muy desmedidas, para irse apaciguando poco a poco. Así, ahora está siendo muy gratificante disfrutar de estos momentos de "calma", en los que se muestra colaborador, disfruta conmigo y yo con él, es cariñoso... Claro que la situación ha ayudado mucho a que yo recobrase mi propia tranquilidad lo que también ha sido determinante para la buena "convivencia".
Por eso, esta mañana he venido contentísima al trabajo porque se ha despertado muy pronto, me ha pedido un "beso y un abracín" y justo cuando salía de la habitación me ha dicho "espera, que te doy otro en la puerta". Y allí estábamos los dos, en el recibidor abrazaditos y recibiendo besos. Y así he llegado yo al Cercanías, con una sonrisa tonta en la cara que no la borraba nadie...
Para empezar ha sido una pasada ver como Alejandro ha disfrutado de estas fechas, las de los niños por antonomasia. Papá Noel, los Reyes Magos, Nochebuena, "Nochemala" -así llamó a la Nochevieja...-, las cenas familiares, los regalos, la cabalgata de Reyes, ver belenes, las luces.... Todo ha sido un descubrimiento y todo le ha encantado. Además, poco a poco, ambos hemos establecido una pauta de "comportamiento" y él ha ido entendiendo dónde estaban los límites, aunque nos ha costado mucho al principio.
Sus reacciones ante el "no se puede hacer eso" o hacia el castigo, cuando era necesario, empezaron siendo muy desmedidas, para irse apaciguando poco a poco. Así, ahora está siendo muy gratificante disfrutar de estos momentos de "calma", en los que se muestra colaborador, disfruta conmigo y yo con él, es cariñoso... Claro que la situación ha ayudado mucho a que yo recobrase mi propia tranquilidad lo que también ha sido determinante para la buena "convivencia".
Por eso, esta mañana he venido contentísima al trabajo porque se ha despertado muy pronto, me ha pedido un "beso y un abracín" y justo cuando salía de la habitación me ha dicho "espera, que te doy otro en la puerta". Y allí estábamos los dos, en el recibidor abrazaditos y recibiendo besos. Y así he llegado yo al Cercanías, con una sonrisa tonta en la cara que no la borraba nadie...
jueves, 16 de diciembre de 2010
Una sana costumbre
Ante los comentarios que me hacéis algunos de los que me leéis he llegado a la conclusión de que este blog es un tanto descorazonador. Creo que nada más lejos de la realidad. Como comenté en el primer post, lo que me empujó a escribir era un mero ejercicio de desahogo ante algunas situaciones que, reconozco, me superan. ¿Por qué me superan? Pues porque no llego a entender la lógica que rige la mente de un niñito de tres años que es capaz de ser en el mismo minuto el Dr. Jekyll y Mr. Hyde, pero, sobre todo, la incapacidad para reconducir esas conductas de un modo, digamos, poco traumático.
Dicho esto, pasaré a comentar una costumbre a la que me estoy aficionando en estos días. Cuando el angelito lleva ya un rato dormido me encanta verle en la penumbra que ofrece la lampara antimiedo de su habitación. Tiene la misma cara que tenía la primera vez que le vi, cuando me lo pusieron en el regazo nada más nacer. Pacífico, limpio y sosegado. Blandito y calentito y escuchando su respiración rítmica, me dan unas ganas tremendas de abrazarlo y quedarme así mucho rato.
Bueno, pues el caso es que lo hago. Me tumbo con él -cuando estoy convencida de que no se despertará, no vaya a ser peor el remedio que la enfermedad- y le abrazo despacito para no inquietarle. Hay veces, cuando no se mueve, que estamos así mucho rato y casi me quedo dormida en su regazo. Otras, como el nervio le puede hasta dormido, sólo le tengo unos minutos, pero los suficientes para seguir recordando que este niño mío, pese a todo lo que nos va a costar en terapeutas, es mágico.
Dicho esto, pasaré a comentar una costumbre a la que me estoy aficionando en estos días. Cuando el angelito lleva ya un rato dormido me encanta verle en la penumbra que ofrece la lampara antimiedo de su habitación. Tiene la misma cara que tenía la primera vez que le vi, cuando me lo pusieron en el regazo nada más nacer. Pacífico, limpio y sosegado. Blandito y calentito y escuchando su respiración rítmica, me dan unas ganas tremendas de abrazarlo y quedarme así mucho rato.
Bueno, pues el caso es que lo hago. Me tumbo con él -cuando estoy convencida de que no se despertará, no vaya a ser peor el remedio que la enfermedad- y le abrazo despacito para no inquietarle. Hay veces, cuando no se mueve, que estamos así mucho rato y casi me quedo dormida en su regazo. Otras, como el nervio le puede hasta dormido, sólo le tengo unos minutos, pero los suficientes para seguir recordando que este niño mío, pese a todo lo que nos va a costar en terapeutas, es mágico.
jueves, 9 de diciembre de 2010
¿El milagro de la Navidad?
Venga, no voy a ser sarcástica, pero creo que el milagro de la Navidad está empezando a materializarse en casa. Sí, estamos pasando por una etapa de desconocida tranquilidad y donde nos hace falta muy poco para que Alejandro se mantenga en la "línea del bien". Dos semanas sin morder, dos semanas sin rabietas, dos semanas haciendo relativo caso...
Estábamos convencidos de que nuestra táctica de mantenernos firmes estaba teniendo resultados hasta que caí en que el niño está emocionado con los "Geyes Magos" y Papá Noel que, por supuesto, sólo traen regalos a los niños que hacen caso. ¿Estará haciendo méritos para tener su ansiado "camión que lleva helicópteros encima"? Sólo podremos saberlo a partir del 7 de enero.
Y mientras yo disfruto de sus pequeñas frases, llenas de cariño. Como cuando me pregunta con esa cara de inocencia que sólo él sabe poner "mamá, ¿lo estoy haciendo muy bien?"; o como cuando dice "mamá, te quiero mucho", así, sin venir a cuento; o como cuando me besa la barriga y dice "mi hermanito Juan está muy contento y está saltando, ¿a que sí?". Estos son los momentos que debería grabar para que nunca escapen a mi memoria.
Estábamos convencidos de que nuestra táctica de mantenernos firmes estaba teniendo resultados hasta que caí en que el niño está emocionado con los "Geyes Magos" y Papá Noel que, por supuesto, sólo traen regalos a los niños que hacen caso. ¿Estará haciendo méritos para tener su ansiado "camión que lleva helicópteros encima"? Sólo podremos saberlo a partir del 7 de enero.
Y mientras yo disfruto de sus pequeñas frases, llenas de cariño. Como cuando me pregunta con esa cara de inocencia que sólo él sabe poner "mamá, ¿lo estoy haciendo muy bien?"; o como cuando dice "mamá, te quiero mucho", así, sin venir a cuento; o como cuando me besa la barriga y dice "mi hermanito Juan está muy contento y está saltando, ¿a que sí?". Estos son los momentos que debería grabar para que nunca escapen a mi memoria.
domingo, 28 de noviembre de 2010
Mea culpa
De vez en cuando también hay que saber entonar el mea culpa y es evidente que si mi vástago es como es, algo habré tenido yo que ver en ello. Empezando por los genes. No puede decirse que ni el padre de la criatura ni yo misma seamos muy tranquilos, pacíficos y, a veces, llevaderos. Está claro que lo mío viene de serie, pero a mi marido lo elegí yo y quizá podría haber optado por alguien más sosegado.
Después de asumir este punto, llega el momento de mirarse una misma, analizar las situaciones y tomar conciencia de por qué mi hijo actúa como lo hace. Reconozco que muchas veces me dejo llevar por la impotencia y la ira ante situaciones que me sobrepasan. Por ejemplo, ante algo tan simple como "vamos a recoger los juguetes" y la negativa del enano -que no es sólo decir que "no", esto va acompañado de una mirada sostenida directa a los ojos que dice algo así como "a ver qué haces ahora"- yo me quedo sin argumentos. Reconozcámoslo, somos una generación educada para obedecer a los mayores, más si son padres o maestros, y cualquier comportamiento que se salga de nuestras reglas básicas, nos descoloca.
Y es en este momento en el que empiezo a cometer un error detrás de otro, a tenor de lo que dicen los expertos. Empiezo amenazando con algo que no puedo sostener -"hoy te quedas toda la tarde encerrado en la habitación"-, para después desdecirme y castigar directamente. Como el castigo no tiene efecto y mis nervios empiezan a aflorar, subo el tono y como finalmente me doy cuenta de que no consigo nada, termino por darle dos, tres...cinco azotes.
Y ahí es donde ya no puedo parar. En ese punto necesito desahogarme y comienzo a decirle frases del estilo "es que contigo nada puede ser por las buenas", "hasta que no me ves enfadada no estás a gusto", "lo poco que te costaba haberlo hecho a la primera", y podéis seguir así con todo lo que se os ocurra. En este punto, el niño, al parecer lo único que percibe es que su madre le está "contando un cuento" que aunque no le guste lo más mínimo, no deja de ser atención que recibe. Además, ha conseguido que si antes "sólo" recibiría como recompensa un beso que dura medio segundo, ahora me ha mantenido pendiente de él entre diez minutos y media hora. Misión cumplida, dirá, porque al final es cierto que recoge, pero bajo sus reglas, no las mias.
Sí, así de maquiavélica puede ser la mente de un niño. Y así de estúpida puede sentirse una madre que, sabiéndose la teoría, reconoce que muchas veces no es capaz de llevarla a la práctica. La próxima vez haré lo que me dijo su pediatra en una ocasión: órdenes claras y concisas y castigos inmediatos, cortos y contundentes. Volveremos a la carga.
Después de asumir este punto, llega el momento de mirarse una misma, analizar las situaciones y tomar conciencia de por qué mi hijo actúa como lo hace. Reconozco que muchas veces me dejo llevar por la impotencia y la ira ante situaciones que me sobrepasan. Por ejemplo, ante algo tan simple como "vamos a recoger los juguetes" y la negativa del enano -que no es sólo decir que "no", esto va acompañado de una mirada sostenida directa a los ojos que dice algo así como "a ver qué haces ahora"- yo me quedo sin argumentos. Reconozcámoslo, somos una generación educada para obedecer a los mayores, más si son padres o maestros, y cualquier comportamiento que se salga de nuestras reglas básicas, nos descoloca.
Y es en este momento en el que empiezo a cometer un error detrás de otro, a tenor de lo que dicen los expertos. Empiezo amenazando con algo que no puedo sostener -"hoy te quedas toda la tarde encerrado en la habitación"-, para después desdecirme y castigar directamente. Como el castigo no tiene efecto y mis nervios empiezan a aflorar, subo el tono y como finalmente me doy cuenta de que no consigo nada, termino por darle dos, tres...cinco azotes.
Y ahí es donde ya no puedo parar. En ese punto necesito desahogarme y comienzo a decirle frases del estilo "es que contigo nada puede ser por las buenas", "hasta que no me ves enfadada no estás a gusto", "lo poco que te costaba haberlo hecho a la primera", y podéis seguir así con todo lo que se os ocurra. En este punto, el niño, al parecer lo único que percibe es que su madre le está "contando un cuento" que aunque no le guste lo más mínimo, no deja de ser atención que recibe. Además, ha conseguido que si antes "sólo" recibiría como recompensa un beso que dura medio segundo, ahora me ha mantenido pendiente de él entre diez minutos y media hora. Misión cumplida, dirá, porque al final es cierto que recoge, pero bajo sus reglas, no las mias.
Sí, así de maquiavélica puede ser la mente de un niño. Y así de estúpida puede sentirse una madre que, sabiéndose la teoría, reconoce que muchas veces no es capaz de llevarla a la práctica. La próxima vez haré lo que me dijo su pediatra en una ocasión: órdenes claras y concisas y castigos inmediatos, cortos y contundentes. Volveremos a la carga.
miércoles, 24 de noviembre de 2010
Hoy tocó la de cal
(Natalia, este te lo dedico a ti)
Ya tenía ganas de escribir algo así. Después de unos cuantos días de fricciones continuas con el "cabestro", hoy ha tocado la de cal. No sé si nuestro plan intensivo de "no pasaremos ni una" está dando sus frutos o que el angelito ha decidido simplemente ejercer de tal. El caso es que esta tarde, por fin, hemos disfrutado de nuestro rato juntos. Y nos ha dado tiempo a hacer muchas cosas. Por ejemplo, croquetas. Entre los dos hemos preparado la cena y, la verdad, es una satisfacción ver lo bien que come algo hecho casi enteramente por él.
También hemos recortado, pegado y construido un puente de papel... aunque la mesa del salón haya terminado con más pegamento del que yo hubiese deseado. En fin, que hoy hemos estado todos relajados. Tanto, que hasta le he perdonado que me vaciase un bote casi lleno de desmaquillador de ojos en la bañera en un descuido... como siempre alguien aprovechó para llamar por teléfono a la crítica hora del baño-cena-vamos a recoger.
Entiendo que los que no tienen niños no sean conscientes de estos pequeños detalles, pero vamos, después de repertirlo como cien veces, deberían darse por enterados, ¿no? Aunque esa, es otra historia.
Ya tenía ganas de escribir algo así. Después de unos cuantos días de fricciones continuas con el "cabestro", hoy ha tocado la de cal. No sé si nuestro plan intensivo de "no pasaremos ni una" está dando sus frutos o que el angelito ha decidido simplemente ejercer de tal. El caso es que esta tarde, por fin, hemos disfrutado de nuestro rato juntos. Y nos ha dado tiempo a hacer muchas cosas. Por ejemplo, croquetas. Entre los dos hemos preparado la cena y, la verdad, es una satisfacción ver lo bien que come algo hecho casi enteramente por él.
También hemos recortado, pegado y construido un puente de papel... aunque la mesa del salón haya terminado con más pegamento del que yo hubiese deseado. En fin, que hoy hemos estado todos relajados. Tanto, que hasta le he perdonado que me vaciase un bote casi lleno de desmaquillador de ojos en la bañera en un descuido... como siempre alguien aprovechó para llamar por teléfono a la crítica hora del baño-cena-vamos a recoger.
Entiendo que los que no tienen niños no sean conscientes de estos pequeños detalles, pero vamos, después de repertirlo como cien veces, deberían darse por enterados, ¿no? Aunque esa, es otra historia.
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