Anoche, mientras los dos estaban en la bañera y desde el salón podía escuchar a Juan, muerto de la risa, intentando contar un chiste a su hermano... Con su voz de pito diciendo "era una señora que llevaba un plátano en la oreja y le dice a un señor que llevaba un plátano en la oreja... ¡¡No Alejandro, no era así!! ¡¡Porfa, dime como era!!". Imposible contener la risa, como imposible no pensar, "Juan, con el día que me has dado, pero ahora, sólo con eso, te lo perdono todo".
Un poco más tarde, ya con los dos dormidos, justo antes de hacer la visita de rigor por su habitación antes de irme yo a dormir, volví a pensar lo mismo. Allí estaba él, tumbado boca arriba, abrazando a Niko con una mano y su coche de policía con la otra, y con una cara de no haber roto un plato en su vida... Con esas manitas que no deberían cambiar nunca, tan calentitas, tan suaves, tan carnosas, que no te cansas de besarlas. Y yo pensando: "Ahora, puedo perdonarte cualquier cosa".
Leí en algún sitio que los bebés humanos son tan adorables, tan achuchables y despiertan esa ternura de manera tan inmediata como mecanismo de defensa. Los humanos somos los mamíferos más vulnerables al nacer y necesitamos de cuidados hasta muy avanzada edad, en comparación con otros animales. Independientemente del amor y el cariño, es esa característica de hacernos adorables lo que nos salva de los agentes externos. Lo que "obliga" a los adultos a cuidarnos durante tanto tiempo.
Yo creo que esa habilidad perdura de por vida en momentos como los antes descritos y que a veces son la única razón por la que no regalamos a nuestros hijos, con lazo y todo, al primero que pasa. ¿Creéis que exagero? Los que sois padres pensadlo. Los que no, seguid leyendo.
Ahora estamos viviendo la época de la contradicción continua, esa en la que, hagas lo que hagas, te va a pillar el toro, o lo que es lo mismo, que tu hijo se enfadará y gritará y llorará hasta la extenuación importándole lo más mínimo el momento, el lugar o lo bajo que esté tu nivel de paciencia. Para muestra un botón. Vamos a salir a recoger a Alejandro y justo en la puerta: "Mamá, no quiero llevar a Niko". "Vale, déjalo en casa". "Siiiiiiii, si quiero llevarlo"... y así hasta que queráis. Si lo llevamos, malo; si no, peor. Lloros, patadas y retorcimientos en la silla del coche que ríete tú de la niña de "El Exorcista". He llegado a tirar el muñeco al jardín de pura impotencia... teniéndome que meter luego en un zarzal para recuperarlo.
Y de estos tenemos unos cuantos episodios todos los días, porque da igual si le preguntas primero, si le dejas elegir, si le das opción, si lo pactas antes... si hemos decidido que toca rabieta, toca y punto. Menos mal que después de todo llegan esos momentos tan amorosos, en los que me lo comería a besos y a abrazos y en los que deseo, aunque sea por un momento, que se quede siempre así, a mi vera, para poder achucharlo un poco más...
viernes, 31 de enero de 2014
martes, 14 de enero de 2014
Tesoros en los bolsillos
He de reconocer que desde que tengo hijos el hecho de poner la lavadora se ha convertido en una tarea en la que poner especial cuidado. Ya no vale meter la ropa en la máquina y punto. Ahora hay que revisar bien la manchas, darles con el producto de marras para que salgan -y no siempre-; desenfundar calzoncillos de pantalones, que parecen abrazados en una muestra de amor eterno; buscar calcetines que nunca encontrarán pareja y, sobre todo, mirar bien en los bolsillos.
Sí, llevo descubriendo desde hace tiempo que los bolsillos se han convertido en el cofre de los tesoros de mis niños y reconozco que me causa una ternura enorme encontrar ciertas cosas. El curso pasado, por ejemplo, era muy bonito encontrar trocitos de papel con dibujos de mil colores. Algunos personalizados para él; otros seguro que encontrados en el suelo... Ya sabéis, esas notas con letra de estar aprendiendo a escribir, llenas de faltas, pero que demuestran el apego y afecto que se tienen los niños ya desde edades muy tempranas. Algunas todavía las guardo.
Sin embargo, esto no es lo que me suelo encontrar. La mayoría de las veces los bolsillos venían plagados de tierra, de esa que es imposible de quitar del todo, que como se te olvidase revisar un día terminaba convirtiéndose en barro después del lavado de rigor. Si algo bueno ha tenido nuestro traslado es que aquí los patios de los coles no tienen tierra (vivimos en un país dónde la humedad nunca baja del 60%) y prefieren cubrirlos con cortezas... mucho más limpias, dónde va a parar. Además de la tierra, yo solía encontrarme pajitas de batidos, unas dentro de otras, que eran espadas según mi hijo mayor y a mi me parecían más "armas carcelarias" de esas que salen en las pelis.
Ahora, hemos cambiado la tierra por las cortezas y los bolsillos también llegan llenos de castañas, gracias a la cantidad de árboles que rodean todo por estos lares; de pegatinas, ya que es costumbre premiar con ellas a los niños por sus buenas acciones; de lacasitos; de bolitas enormes de "blue tack", que para Alejandro ha sido todo un descubrimiento y sospecho que lo roba en el cole en los descuidos; de post it; de clips; de bolitas de papel... y de horquillas y gomas para el pelo que ninguno tiene reparo en coger de cualquier lado para regalarme después, con la esperanza de que me las ponga algún día.
Auténticos tesoros, como veis, que debo procurar esconder en el cubo de la basura ya que si a la hora de tirar la cáscara del plátano de la merienda alguno los descubriera sería un verdadero drama. Para ellos, por ver su "preciado" objeto en la basura. Y para mí, por no aguantar el cabreo de esa tarde...
jueves, 9 de enero de 2014
Casi un año después... cómo ha cambiado todo
Hacía mucho tiempo que tenía pendiente volver a actualizar este blog. Hace casi un año que no "renuevo" experiencias y, aunque parece un mundo, lo cierto es que el tiempo ha pasado muy deprisa. Y durante este año han pasado muchas cosas. Mis hijos, Juan y Alejandro, siguen creciendo y haciendo de las suyas. Yo, sigo escribiendo, cada vez menos, y amoldándome a una nueva vida que, si bien no es complicada, sí es muy diferente a lo que había imaginado.
Todos, o casi todos, sabéis que ya no vivimos en España. La vida y las circunstancias nos "animaron" a hacer las maletas y ahora residimos en UK. En Londres, para más señas. Todo el proceso de cambio hizo una enorme mella en mi, que necesitando planear siempre los aspectos más fundamentales de mi vida, éste, transcendental, salió casi por casualidad. De repente estaba alquilando mi casa en Alcorcón, buscando casa y colegio para mis niños y con el corazón encogido porque no quería añadir el sufrimiento de un cambio tan grande a sus pequeñas vidas.
Casi cinco meses después tengo que decir que ellos, Alejandro y Juan, han sido la clave de mi adaptación aquí y me han demostrado que son unos verdaderos campeones. Nunca, ni siquiera cuando les informamos del cambio, se quejaron. Es cierto que Juan era muy pequeño y, para él, la felicidad reside dónde estén sus padres y su hermano. Alejandro, por el contrario, ya tenía una vida hecha en España. Ya tenía un "proyecto" a medio plazo, que era empezar Primaria y unas clases de esgrima. Y ya tenía una red de amigos sólida.
De repente, todo eso cambió, se vino abajo de alguna forma y nunca dijo "no", ni nunca se mostró rebelde ante la idea de una nueva vida. Eso ya fue de gran ayuda. Mis hijos son absolutamente extrovertidos y otro de mis miedos era que se volcasen demasiado en sí mismos, sobre al todo al principio, por motivo del idioma. También ahí me demostraron que mis temores eran infundados. Es cierto que los primeros días preferían jugar solos en el parque, o playground, como se llama aquí, pero poco a poco han ido estableciendo una pequeña red de amigos.
Y así ha ido pasando el tiempo. Un tiempo en el que he descubierto que son, más que nunca, el motor que hace que me levante cada mañana. Un tiempo en el que disfruto mucho más de su compañía, ahora más intensa porque pasamos más tiempo en casa, aunque a veces me saturen. Un tiempo en el que aprendo de su poder de adaptación casi en cada minuto y dónde veo lo valientes que son ante cualquier circunstancia que se les ponga por delante.
Por eso, por ellos, voy a hacerme el firme propósito de retomar este blog para, a través de él, contaros lo bien que lo están haciendo y lo valientes que están siendo. Se lo merecen.
Todos, o casi todos, sabéis que ya no vivimos en España. La vida y las circunstancias nos "animaron" a hacer las maletas y ahora residimos en UK. En Londres, para más señas. Todo el proceso de cambio hizo una enorme mella en mi, que necesitando planear siempre los aspectos más fundamentales de mi vida, éste, transcendental, salió casi por casualidad. De repente estaba alquilando mi casa en Alcorcón, buscando casa y colegio para mis niños y con el corazón encogido porque no quería añadir el sufrimiento de un cambio tan grande a sus pequeñas vidas.
Casi cinco meses después tengo que decir que ellos, Alejandro y Juan, han sido la clave de mi adaptación aquí y me han demostrado que son unos verdaderos campeones. Nunca, ni siquiera cuando les informamos del cambio, se quejaron. Es cierto que Juan era muy pequeño y, para él, la felicidad reside dónde estén sus padres y su hermano. Alejandro, por el contrario, ya tenía una vida hecha en España. Ya tenía un "proyecto" a medio plazo, que era empezar Primaria y unas clases de esgrima. Y ya tenía una red de amigos sólida.
De repente, todo eso cambió, se vino abajo de alguna forma y nunca dijo "no", ni nunca se mostró rebelde ante la idea de una nueva vida. Eso ya fue de gran ayuda. Mis hijos son absolutamente extrovertidos y otro de mis miedos era que se volcasen demasiado en sí mismos, sobre al todo al principio, por motivo del idioma. También ahí me demostraron que mis temores eran infundados. Es cierto que los primeros días preferían jugar solos en el parque, o playground, como se llama aquí, pero poco a poco han ido estableciendo una pequeña red de amigos.
Y así ha ido pasando el tiempo. Un tiempo en el que he descubierto que son, más que nunca, el motor que hace que me levante cada mañana. Un tiempo en el que disfruto mucho más de su compañía, ahora más intensa porque pasamos más tiempo en casa, aunque a veces me saturen. Un tiempo en el que aprendo de su poder de adaptación casi en cada minuto y dónde veo lo valientes que son ante cualquier circunstancia que se les ponga por delante.
Por eso, por ellos, voy a hacerme el firme propósito de retomar este blog para, a través de él, contaros lo bien que lo están haciendo y lo valientes que están siendo. Se lo merecen.
jueves, 7 de marzo de 2013
Se nos acaba el bebé
Juan, el pequeño de mis vástagos, acaba de cumplir dos años. Dos años en los que he visto cómo pasa de veloz el tiempo y durante los que me habría gustado guardar en un cofre, como un tesoro, algunos momentos inolvidables. Una, que es adicta a esto de las redes sociales, publicó en su Facebook el martes el feliz acontecimiento familiar y una de mis amigas, además de reconocer lo guapo y grande que está, me dijo a las claras que "se nos acabó el bebé". Qué gran verdad. Quizá por eso, quizá por la convicción casi absoluta de que no voy a aportar más "cotizantes" a nuestra sociedad, reconozco que apuro hasta los últimos resquicios todos aquellos signos que todavía mantienen a mi niño en la barrera entre el niño y el bebé.
Y sí, le sigo llamando "bebé" cuando le despierto y le sigo cogiendo como cuando lo amamantaba. Le sigo dando esos besos tiernos que no es que le niegue al mayor, ojo, pero que sólo se dan a los niños cuando son muy pequeños. Le sigo poniendo el chupete para dormir y sigo dándole el placer de darle un biberón a media noche, aunque sé que es más por costumbre malsana que por hambre. Le sigo acariciando la cabeza como cuando era un recién nacido y le sigo dando de comer a veces, aunque ya sabe hacerlo solito. Dejo que se me abrace como un koala cuando sale de la bañera y me quedo más rato del necesario abrazándole envuelto en la toalla... recordando el aspecto que tenía cuando le vi la carita por primera vez.
Juan, por el contrario, ya empieza a zafarse y prefiere correr, a mis abrazos. Ya nos habla bastante bien y me mira con esa cara de pillo cada vez que sabe que ha hecho algo que no está bien. Se adelanta a mis posibles enfados diciendo "mamá, mamó" porque sabe perfectamente que cuando han sobrepasado el límite y empiezan los dos a decirme "pero mamá..." yo les contesto, "ni mamá, ni mamó"; y así me arranca una sonrisa con casi toda seguridad, aunque a veces tenga que esconderla. Imita a su hermano a la perfección y le tiene como referente en todo: habla como él, se mueve como él, grita como él y le seguiría hasta el infierno si hiciese falta. Vamos, lo que haría cualquier niño que ya quiere campar solo y descubrir lo que el mundo tiene que ofrecerle.
Y yo, aunque a veces me resista a ello, reconozco que disfruto una barbaridad viendo todos sus progresos, sus filias, sus fobias, cómo se expresa y cómo demuestra sus afectos e inquietudes. Ciertamente es una pena verles crecer tan rápido, pero también es una gozada poder vivir toda esta evolución en directo. Aunque se nos hagan mayores, aunque nos hagan mayores.
lunes, 25 de febrero de 2013
El whatsapp de la Esperanza
Hay quien piensa que las nuevas tecnologías separan a las personas. Quizá estén en lo cierto. Todos nos hemos visto en la situación en que ha sido más fácil decir algo a través de un chat que de viva voz, ¿o no? Sin embargo, tengo que comentar en este foro que para mi la llegada del whatsapp ha sido una especie de liberación.
Creo que ya he comentado aquí alguna vez que desde que tuve a mis vástagos lo de llamar por teléfono y conversar largo y tendido se ha convertido casi en una misión imposible. Cuando no estoy con ellos no es momento de hablar con amistades, y cuando podría hablar con mis "niñas" -léase amigas en general- es imposible hacerlo más de dos minutos seguidos porque, o estoy corriendo detrás de uno, o prestando atención al otro. Cuando ya están cenados, bañados y dormidos, me da tanta pereza coger el teléfono que al final soy consciente de que tengo allegados con los llevo varias semanas sin hablar.
Hasta que llegó el whatsapp y, con él, los grupos de personas. Gracias a la aplicación de marras y a sus conversaciones en grupo vuelvo a estar conectada y al día de la gente que aprecio. Además, se ha convertido en el medio ideal para un desahogo repentino, para una explicación, para contar una alegría, un cotilleo... y en nada de tiempo. Puedes leerlo cuando puedas, en un minuto, y contestar en otro ratejo. Como decía una de mis amigas respecto al invento el otro día y en plena conversación intrascendente pero necesaria al cien por cien: "En este rato he puesto una lavadora, he bañado al pequeño, he tendido otra y terminado de hacer la cena". ¿No es genial? Y mientras, las cuatro del grupo comentando, riéndonos en la distancia y acercándonos un poco más.
Gracias al whatsapp he vuelto a tener contacto diario con las que eran mis amigas en el colegio y soy partícipe de sus vidas, de sus desvelos, de sus alegrías; comento e intercambio chistes y fotos -algunas guarrillas, jeje, que hay veces que las mujeres también necesitamos hacer un poco el troglodita- con las mamás del cole de mi niño mayor con las que hago camarilla; quedo, organizo y pregunto con otras mamás, las de la asociación de padres, que han sido todo un descubrimiento para mí; estoy al tanto de las vivencias de mi amiga Patri, que se fue a Australia, y no hablo con ella tanto como debiera por otro invento maravilloso, Skype; también siento la cercanía de las que fueron mis compañeras y amigas de trabajo, ahora que no lo tengo...
Es tanto lo que este medio nos ha dado a las mujeres que una de las componentes de uno de estos grupos lo llamó un día "El whatsapp de la Esperanza". Y con toda razón.
lunes, 4 de junio de 2012
El primer "no cumpleaños"
Tenía que suceder. Hace algunas semanas mi hijo mayor tuvo su primer "no cumpleaños", es decir, la primera fiesta a la que no le invitaron y él fue plenamente consciente de ello. A decir verdad, ya sufrió este revés en la guarde cuando la madre del niño P decidió que Alejandro fuese el único niño de la escuela infantil que no iba a la fiesta de su hijo... pero aquella decepción nos la tragamos sus padres solitos ya que la criatura, con un año y pico, no se enteró de nada.
Hace un par de semanas, el niño B y la niña L celebraban sus respectivos cumpleaños, uno un martes, la otra al día siguiente, y a ninguno de los dos fue invitado Alejandro. Para los que no tienen niños y se atreven a leer blogs como este, explicaré que hay dos modalidades de celebración del cumpleaños en los colegios. Algunos se organizan y celebran la fiesta por "tandas" invitando a toda la clase. Celebran varios juntos, se regala en bloque y así todos participan y nadie se siente excluido. En el cole de mi hijo no hemos llegado a ese nivel de organización y lo hacemos a la antigua usanza: se invita a unos cuantos amiguitos y el resto queda fuera. Eso sí, regalo del que cumple para toda la clase -el sustituto de nuestros sugus- sigue habiendo.
Quizá esta segunda opción es más "cruel" pero yo me consuelo diciendo que en la vida siempre quedarás fuera por algo: no te cogerán en la primera entrevista de trabajo, habrá otro que se ligue a la guapa del instituto y quizá no te saques el carnet de conducir a la primera. Por eso, cuanto antes nos vayamos acostumbrando a las frustraciones, mejor, pienso yo... Aunque habrá quien crea que soy una madre muy bruta, que de todo hay.
Siguiendo con el niño B y la niña L, la decepción llegó por partida doble: además de no ser invitado, sí lo fueron todos los niños que forman grupo con el mío. Las razones por las que él fue excluido, no las sé. A estas edades hoy tienes un "mejor amigo" y mañana no quieres ni verle y me imagino que por ahí irían los tiros. El caso es que, sobre todo el primer día, el del niño B, Alejandro salió como si tal cosa y me dijo tan tranquilo: "Ahora vamos al cumpleaños de B". Yo le contesté que no podíamos, que no nos habían invitado y él, ya a punto de llorar -no había colado-, me juraba y perjuraba que tenía la invitación en el bolsillo, pero que la había perdido.
Y ahí empezó mi lección de madre coraje que por un lado habría querido evitar a su niño el sufrimiento de saberse excluido pero, por otro, estaba convencida de que todo no se puede tener en esta vida. Además, todo hay que decirlo, nosotros a B no le invitamos al de Alejandro... y por ahí empezó mi "discurso de convencimiento". Luego seguí con que, aunque todos sean amigos, hay que poner el límite en algún sitio y que B, para demostrar que quiere mucho a sus compañeros, pues les había llevado un detalle a todos. Coló a medias. Eso sí, al día siguiente, con el cumple de la niña L, mi campeón se inventó un "mecanismo de defensa" y me contó a la salida que ese día "como es el cumple de L hemos ido todos los del comedor a comer al Burguer, y nos lo hemos pasado fenomenal". El que no se consuela...
Hace un par de semanas, el niño B y la niña L celebraban sus respectivos cumpleaños, uno un martes, la otra al día siguiente, y a ninguno de los dos fue invitado Alejandro. Para los que no tienen niños y se atreven a leer blogs como este, explicaré que hay dos modalidades de celebración del cumpleaños en los colegios. Algunos se organizan y celebran la fiesta por "tandas" invitando a toda la clase. Celebran varios juntos, se regala en bloque y así todos participan y nadie se siente excluido. En el cole de mi hijo no hemos llegado a ese nivel de organización y lo hacemos a la antigua usanza: se invita a unos cuantos amiguitos y el resto queda fuera. Eso sí, regalo del que cumple para toda la clase -el sustituto de nuestros sugus- sigue habiendo.
Quizá esta segunda opción es más "cruel" pero yo me consuelo diciendo que en la vida siempre quedarás fuera por algo: no te cogerán en la primera entrevista de trabajo, habrá otro que se ligue a la guapa del instituto y quizá no te saques el carnet de conducir a la primera. Por eso, cuanto antes nos vayamos acostumbrando a las frustraciones, mejor, pienso yo... Aunque habrá quien crea que soy una madre muy bruta, que de todo hay.
Siguiendo con el niño B y la niña L, la decepción llegó por partida doble: además de no ser invitado, sí lo fueron todos los niños que forman grupo con el mío. Las razones por las que él fue excluido, no las sé. A estas edades hoy tienes un "mejor amigo" y mañana no quieres ni verle y me imagino que por ahí irían los tiros. El caso es que, sobre todo el primer día, el del niño B, Alejandro salió como si tal cosa y me dijo tan tranquilo: "Ahora vamos al cumpleaños de B". Yo le contesté que no podíamos, que no nos habían invitado y él, ya a punto de llorar -no había colado-, me juraba y perjuraba que tenía la invitación en el bolsillo, pero que la había perdido.
Y ahí empezó mi lección de madre coraje que por un lado habría querido evitar a su niño el sufrimiento de saberse excluido pero, por otro, estaba convencida de que todo no se puede tener en esta vida. Además, todo hay que decirlo, nosotros a B no le invitamos al de Alejandro... y por ahí empezó mi "discurso de convencimiento". Luego seguí con que, aunque todos sean amigos, hay que poner el límite en algún sitio y que B, para demostrar que quiere mucho a sus compañeros, pues les había llevado un detalle a todos. Coló a medias. Eso sí, al día siguiente, con el cumple de la niña L, mi campeón se inventó un "mecanismo de defensa" y me contó a la salida que ese día "como es el cumple de L hemos ido todos los del comedor a comer al Burguer, y nos lo hemos pasado fenomenal". El que no se consuela...
viernes, 4 de mayo de 2012
¡Felicidades mamá!
Más o menos una vez cada tres o cuatro días me toca lavar la ropa como se hacía antes, dejando en remojo, dándole con el jabón lagarto y luego restregando. Desde que mi hijo mayor abandonó el pañal me había olvidado de esta "sana" costumbre pero ahora, con Juan, volvemos a esos bodys con la entrepierna llena de "restos de la cena", a esos baberos con más puré en ellos que en el plato y a esas mangas que sólo un mago podría hacer entrar en luz.
Sí, mis dos hijos me han salido "cagones" y antes el mayor, ahora el pequeño, han tenido a bien dejar una muestra de sus esfuerzos en la ropa que solían llevar. Que da igual la marca de pañal que les pongas, que ellos se las apañan para dejar su rastro allá donde estén. Y es raro el día que no me dan en la guarde, junto con la agenda, una bolsa cerrada a cal y canto con la "muestra del delito". Pues iba yo a deciros, a cuento de esto, que ayer precisamente restregando uno de esos bodys que casi dan ganas de tirar, que me puse a reflexionar -por no pensar en lo que quitaba- y me di cuenta de que esta tarea mía, que procuro hacer lo menos posible, para mi madre era una rutina diaria cuando mi hermano y yo éramos pequeños.
Alguno quizá lo recordéis, a otros os lo habrán contado, pero hace taitantos años los pañales de celulosa no habían llegado al súper por lo que todos nos hemos "criado" con gasitas de algodón y "picos" -como se dice en mi pueblo- de tela y plástico. Conclusión, cada vez que cambiabas al niño te quedabas con una gasa llena de "restos orgánicos" que había que lavar y blanquear. ¡¡La de gasas que habrán lavado nuestras madres!! Y todas impolutas, oiga. Que pese a llevarme sólo 16 meses con mi hermano entre mis más tiernos recuerdos todavía tengo esas gasas tendidas en la cuerda de la terraza. Blancas, blanquísimas...
Y así, seguí con mi planteamiento y pensé que mi madre, además, me había parido a lo vivo sin epidural ni inventos y nunca me ha recordado el mal o buen parto que le di. Ella sólo me cuenta que tras una revisión se fue a casa y lo siguiente fue llamar a un taxi porque me di prisa en querer salir. No me ha "echado en cara" ni dolores, ni contracciones, ni nada de nada. Y sin mi padre en la cabecera de la camilla del paritorio diciendo "empuja cariño, que ya lo tienes" o "venga, que lo haces genial" o simplemente dándole la mano. No, hace taitantos años los padres esperaban fuera, como mucho.
Pero además, mi madre también nos llevaba y nos recogía del colegio y tenía la comida lista y nos llevaba a baile, a fútbol, a catequesis y nos comprabas algunos cromos y nos llamaba por la terraza cuando jugábamos en la calle y me hacía canelones el día de mi cumpleaños y me cosía la ropa y me dejaba sus rulos para que se los pusiese a mis muñecas. Y luego, cuando me hice más mayor, me compró una barra de labios para que me la diese "sólo en el viaje de fin de curso de octavo" y me dejaba sus camisetas chulas o sus vaqueros.
Y ahora, que ya tiene tiempo para estudiar, para ir a gimnasia, para desayunar de vez en cuando con sus amigas, para viajar a "destiempo" con mi padre o para salir de compras... todavía encuentra ratos largos para venir al parque en el que paso la tarde con mis hijos y les lleva batidos o galletas y juega con ellos y nunca me dice que no cuando le pido que se quede con los niños. Porque aunque no recuerdo que ella "tuviese su espacio" cuando yo era una mocosa, sí entiende que yo necesite el mío y que mis niños, a veces, me saturan. Y lo hace sin echarme en cara lo contestona que era -cuando me quejo de Alejandro- o que siempre estaba llorando con alguna rabieta -cuando digo el carácter que está sacando Juan-. Por todo esto, desde aquí, le mando la felicitación más bonita a mi madre y le digo bajito que, cuando me reconozco en sus frases, me siento muy, muy orgullosa de ella.
¡Gracias por todo mamá!
Sí, mis dos hijos me han salido "cagones" y antes el mayor, ahora el pequeño, han tenido a bien dejar una muestra de sus esfuerzos en la ropa que solían llevar. Que da igual la marca de pañal que les pongas, que ellos se las apañan para dejar su rastro allá donde estén. Y es raro el día que no me dan en la guarde, junto con la agenda, una bolsa cerrada a cal y canto con la "muestra del delito". Pues iba yo a deciros, a cuento de esto, que ayer precisamente restregando uno de esos bodys que casi dan ganas de tirar, que me puse a reflexionar -por no pensar en lo que quitaba- y me di cuenta de que esta tarea mía, que procuro hacer lo menos posible, para mi madre era una rutina diaria cuando mi hermano y yo éramos pequeños.
Alguno quizá lo recordéis, a otros os lo habrán contado, pero hace taitantos años los pañales de celulosa no habían llegado al súper por lo que todos nos hemos "criado" con gasitas de algodón y "picos" -como se dice en mi pueblo- de tela y plástico. Conclusión, cada vez que cambiabas al niño te quedabas con una gasa llena de "restos orgánicos" que había que lavar y blanquear. ¡¡La de gasas que habrán lavado nuestras madres!! Y todas impolutas, oiga. Que pese a llevarme sólo 16 meses con mi hermano entre mis más tiernos recuerdos todavía tengo esas gasas tendidas en la cuerda de la terraza. Blancas, blanquísimas...
Y así, seguí con mi planteamiento y pensé que mi madre, además, me había parido a lo vivo sin epidural ni inventos y nunca me ha recordado el mal o buen parto que le di. Ella sólo me cuenta que tras una revisión se fue a casa y lo siguiente fue llamar a un taxi porque me di prisa en querer salir. No me ha "echado en cara" ni dolores, ni contracciones, ni nada de nada. Y sin mi padre en la cabecera de la camilla del paritorio diciendo "empuja cariño, que ya lo tienes" o "venga, que lo haces genial" o simplemente dándole la mano. No, hace taitantos años los padres esperaban fuera, como mucho.
Pero además, mi madre también nos llevaba y nos recogía del colegio y tenía la comida lista y nos llevaba a baile, a fútbol, a catequesis y nos comprabas algunos cromos y nos llamaba por la terraza cuando jugábamos en la calle y me hacía canelones el día de mi cumpleaños y me cosía la ropa y me dejaba sus rulos para que se los pusiese a mis muñecas. Y luego, cuando me hice más mayor, me compró una barra de labios para que me la diese "sólo en el viaje de fin de curso de octavo" y me dejaba sus camisetas chulas o sus vaqueros.
Y ahora, que ya tiene tiempo para estudiar, para ir a gimnasia, para desayunar de vez en cuando con sus amigas, para viajar a "destiempo" con mi padre o para salir de compras... todavía encuentra ratos largos para venir al parque en el que paso la tarde con mis hijos y les lleva batidos o galletas y juega con ellos y nunca me dice que no cuando le pido que se quede con los niños. Porque aunque no recuerdo que ella "tuviese su espacio" cuando yo era una mocosa, sí entiende que yo necesite el mío y que mis niños, a veces, me saturan. Y lo hace sin echarme en cara lo contestona que era -cuando me quejo de Alejandro- o que siempre estaba llorando con alguna rabieta -cuando digo el carácter que está sacando Juan-. Por todo esto, desde aquí, le mando la felicitación más bonita a mi madre y le digo bajito que, cuando me reconozco en sus frases, me siento muy, muy orgullosa de ella.
¡Gracias por todo mamá!
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